La independencia de Brasil: Movimientos entre espacios y el contexto de las revoluciones atlánticas, 1808-1831

Stefan Rinke,

Freie Universität Berlin

Resumen

El presente trabajo gira en torno a los estudios relacionados con los procesos revolucionarios encaminados a la disolución del antiguo imperio colonial en el continente americano. El estudio llevado a cabo se ubica dentro del ámbito de las discusiones histórico-científicas más recientes acerca de la historia global enfatizando el vínculo entre los sucesos latinoamericanos y las revoluciones en otras partes del mundo atlántico. En la investigación, se pretenden discutir las circunstancias de la emancipación de Brasil en 1822. La hipótesis planteada parte de la constatación de que la solución monárquica se abtribuye a constelaciones favorables en el espacio atlántico. Mediante el estudio que, en primer lugar, consiste en una presentación de la situación en Portugal y Brasil a principios del siglo XIX y, en segundo lugar, en un análisis de los acontecimientos siguientes, se determinan las particularidades del cambio revolucionario y las características del joven imperio brasileño a diferencia de Hispanoamérica.

Entre 1760 y 1830 se desarrollaron en América procesos revolucionarios encaminados a la disolución del antiguo imperio colonial. Al final, surgió un nuevo mundo de estados que, en lo esencial, perdura hasta hoy. En estrecha relación con la Revolución francesa se propagaron las ideas de libertad e igualdad y se redefinieron las bases del poder legítimo. América fue el continente de los primeros movimientos libertarios anticoloniales exitosos. A ello contribuyeron no sólo la “Revolución americana” de los Estados Unidos de América en el norte, sino también la revolución de los esclavos en la colonia caribeña francesa de Saint-Domingue, que en 1793 llevó a la abolición de la esclavitud y en 1804 a la independencia del Estado de Haití, las revoluciones independentistas en el imperio colonial español que, desde 1808 hasta 1830 crearon numerosas repúblicas, así como la transformación, comparativamente sin derramamiento de sangre, de Brasil en un imperio independiente a partir de 1822. Todos estos procesos fueron muy diferentes y también constituyeron una unidad.

Como consecuencia de las discusiones histórico-científicas más recientes acerca de la historia global, las conexiones de los sucesos latinoamericanos con las revoluciones en otras partes del mundo se hacen otra vez más fuertes. [1] A esto se unen las observaciones de contemporáneos como Thomas Jefferson, que ya en 1797 hablaba con respecto a los acontecimientos en Saint-Domingue de una “tormenta revolucionaria” que arrasaría con el globo terrestre. [2] Ya en la antigua historiografía estructuralista, las relaciones con Europa desempeñaban un papel importante. Así, algunos historiadores interpretaban la independencia de América Latina como un producto secundario del ascenso del capitalismo industrial inglés (Graham, 1-23). Esta dimensión atlántica de las revoluciones también interesó pronto a la historiografía, con la Guerra Fría de fondo, por razones ideológicas. [3] En el punto central, sin embargo, se encontraba el “destino común” del Atlántico Norte, mientras que el Atlántico Sur sólo se mencionaba al margen. [4]

La nueva historiografía ha ampliado de manera importante la perspectiva atlántica hacia el sur. [5] Para el periodo de 1774 a 1826 se ha hablado de un “proceso de liberación transcontinental” de unos 50 años de duración. [6] Las relaciones de estos procesos son evidentes cuando se examinan las conexiones con Europa. Muchos estudios se han concentrado en los últimos años, por ejemplo, en las interacciones de las revoluciones americanas con los cambios revolucionarios ocurridos en sus metrópolis. En particular, se ha investigado reiteradamente el papel de las constituciones y parlamentos liberales, las cortes, en España y Portugal. Una serie de cambios revolucionarios llevó desde la separación de las colonias angloamericanas, pasando por la Revolución francesa, la Revolución de Saint-Domingue y la expansión napoleónica sobre la península Ibérica hasta las revoluciones de independencia en Hispanoamérica y Brasil. [7] La independencia de los Estados Unidos de América puso en duda tanto el supuesto orden natural de la relación entre Europa y América como la monarquía. Con la Revolución francesa, los ideales de libertad e igualdad se convirtieron en el punto central aun con mayor fuerza. Debido a la revolución triunfante de los esclavos en Haití, el orden social y económico de la esclavitud fue duramente criticado en su totalidad. Después de todo, con las revoluciones de independencia en los imperios ibéricos, se derrumbaron dos pilares adicionales del dominio colonial en América. Con ello se cerró un círculo que representó la “última experiencia común en América”, porque después de eso, las Américas tomaron un camino por separado (Fernández-Armesto, 95).

Portugal y Brasil alrededor de 1800

La crisis revolucionaria, que sacudió el espacio atlántico en el último tercio del siglo XVIII, también afectó directamente al imperio portugués que todavía rodeaba ese espacio con sus posesiones en Europa, América y África. Desde la perspectiva de la metrópoli, eran preocupantes, sobre todo, las dificultades de política exterior que se hicieron más numerosas en ese periodo. La dependencia comercial y política de Inglaterra se había profundizado cada vez más desde la firma del Tratado de Methuen en 1703. La política reformista de Pombal tampoco había podido cambiar fundamentalmente nada (Shaw). Es cierto que, por un lado, la relación de Portugal con Inglaterra ofrecía protección, pero, a pesar de una política matrimonial bien calculada que culminó con la boda del príncipe João con Carlota de España, a finales del siglo XVIII nuevamente provocó conflictos con la vecina España que, desde el cambio de dinastía a los Borbones, se inclinaba a aliarse con Francia.

Tras la Revolución francesa, la situación se complicó aún más. A pesar de la alianza con Inglaterra, la corte de Lisboa se esforzó en cuidar su neutralidad y mantenerse fuera del conflicto abierto. Pero desde el pacto hispano-francés de San Ildefonso en 1796, la presión aumentó de manera constante. Finalmente, en 1801 Napoleón le puso un ultimátum a Portugal para que cerrara sus puertos a los barcos ingleses. Cuando la Corona portuguesa se negó, hubo una invasión de tropas españolas y francesas en la llamada Guerra de las Naranjas. En el acuerdo de paz de Badajoz, Portugal tuvo que ceder a las exigencias francesas y perdió además territorio en el norte de Brasil (Manchester, British, 52-56; Alexandre, 93-166).

A raíz de este breve conflicto bélico, que expuso una vez más la propia vulnerabilidad, fue cuando se reconoció en Portugal el doble peligro que provenía de Francia, porque además de la amenaza militar, las elites portuguesas desconfiaban de la posición ideológica que surtió efecto en la revolución de Saint-Domingue y amenazó el sistema de esclavitud en el que se basaba la economía portuguesa, la cual dependía del comercio colonial. Esto parecía especialmente preocupante, porque con la Inconfidência Mineira en 1788/1789, casi al mismo tiempo y por primera vez también se habían conmocionado a gran escala sus propias posesiones americanas. La independencia de los Estados Unidos de América había probado que el dominio colonial en América no era un estado natural irrevocable. La conjuración de Bahía en 1798 y las noticias provenientes de Haití en los años 1800 provocaron temor. [8] Las restricciones, con las que, al igual que su vecino español, se esforzaban por impedir la divulgación de la ideología francesa, no alteraron el hecho de que se propagaran aparentemente sin trabas las críticas y la pérdida de respeto a los sistemas tradicionales (Higgs, 13-31).

Por consiguiente, creció la preocupación por la suerte de Brasil, ya que ahí —así se reconocía ahora— se encontraba el centro del imperio (Barman, 9-10). Una segunda generación de pensadores ilustrados de Portugal, como el ministro Dom Rodrigo de Sousa Coutinho, conde de Linhares, quería proseguir una política de reforma. Como ministro responsable, desarrolló desde 1796 planes de reforma para las colonias de Portugal. Inclusive se esforzó por integrar a las elites brasileñas mediante la concesión de puestos no sólo en América, sino también en Portugal y África. Asimismo, en el aspecto financiero el ministro planeó alivios para Brasil (Carvalho, Elites, 395).

El objetivo era un acercamiento estrecho entre la Madre Patria y las colonias. Sin embargo, rápidamente se vio que las capacidades administrativas no bastaban para superar los problemas existentes. Además, la disposición a la reforma estaba de todos modos limitada, ya que no se querían cambiar básicamente las relaciones de dependencia existentes, a fin de evitar una pérdida total (Barman, 25). En este contexto, se reavivaron otra vez las discusiones sobre un desplazamiento del centro del imperio de Europa hacia América que ya había traído a colación el jesuita António Vieira en el siglo XVII en el sentido de un nuevo comienzo del imperio con matices mesiánicos. Souza Coutinho manifestó claramente en un memorándum de 1803 que Portugal ya no era la parte más importante de la monarquía y recomendaba a la Corona el traslado de la corte real a Brasil en caso de que no se pudiera mantener la paz (Schultz, 15-22; Lyra, 107-131).

El miedo de los portugueses a la pérdida no se basaba únicamente en consideraciones económicas, ya que, de hecho, la colonia brasileña se desarrollaba de manera muy positiva. El crecimiento del mercado interno llegó junto con un auge del comercio exterior. Se beneficiaron tanto de la demanda bélica de algodón y azúcar como también de la caída de la producción azucarera de Saint-Domingue, que hizo subir el precio rápidamente. En particular, el comercio con Inglaterra se perfilaba lucrativo. Además, sucedió que las elites comerciales brasileñas intervinieron de manera directa en la floreciente trata de esclavos con África y generaron altos rendimientos. La introducción de esclavos, que creció intensamente, contribuyó a una explosión demográfica. En conjunto, Brasil consiguió autonomía en gran medida durante este periodo. [9]

Que esta autonomía de facto no se plasmara después de 1800 en grandes aspiraciones de independencia por parte de las clases altas brasileñas, tuvo diferentes motivos. Así, los levantamientos de 1788/1789 y de 1798 ya habían fracasado debido a la diversidad regional y a la vastedad de la zona, porque no habían pasado de ser movimientos regionales o locales y, por tanto, habían sido rápidamente reprimidos. Ante este trasfondo, las logias masónicas, que eran puntos importantes de cristalización de las ideas liberales, tampoco lograron superar esta realidad. Aunque a partir de 1798 hubo diversas conspiraciones pequeñas, éstas pudieron sofocarse en su origen sin problema (Barata, 119-170). Esto se debió en gran parte al problema central de la esclavitud. Algunos pensadores liberales exigieron su abolición, pero la mayoría de las elites brasileñas rechazaron esta medida vehementemente haciendo referencia a los acontecimientos en Haití. Cuando a partir de 1807 conmocionaron a la colonia numerosos levantamientos de esclavos, aumentó el rechazo a las aventuras revolucionarias y las elites cerraron filas (Schwartz, 476-479).

La clase alta blanca nacida en América se identificaba por completo con su patria, pero por regla general ésta no sobrepasaba la propia región. Portugal seguía siendo un punto de referencia importante, lo que también se pueden notar, por ejemplo, en que el término “Brasil” no tenía en absoluto una aplicación unitaria para todas las posesiones portuguesas. Los contrastes entre los portugueses peninsulares y los americanos no eran tan pronunciados como en Hispanoamérica, entre otras cosas, debido a las experiencias comunes durante sus estudios en Coimbra y a las estrechas interrelaciones familiares. En todo el imperio portugués, en el discurso de identidad de esa época seguía siendo importante la persona del rey, en la cual se basaba la legitimidad del poder. De esta manera, al igual que Lima en la región hispanoamericana, las colonias portuguesas siguieron siendo un baluarte del realismo. [10]

El apego al rey se pudo demostrar pronto otra vez en Brasil. Después del triunfo francés en Austerlitz en 1805, la supremacía de Napoleón en el continente fue indiscutible. El bloqueo continental acordado el año siguiente presionó a los países neutrales, entre ellos Portugal, a unirse a la guerra económica contra Inglaterra. En agosto de 1807, la corte recibió un ultimátum al respecto en el que los franceses exigían la ruptura de las relaciones diplomáticas con Inglaterra, el cierre de los puertos a los barcos británicos, el encarcelamiento de ciudadanos ingleses y la confiscación de sus bienes. La Corona portuguesa, que finalmente no pudo decidir una reacción clara, jugó contra reloj en un principio (Adelman, 225-226).

El príncipe regente negoció en secreto con los británicos la posibilidad de que la corte huyera hacia Brasil bajo la protección de los buques de guerra ingleses. El gobierno inglés estuvo de acuerdo con esta solución, pero exigió en contrapartida derechos especiales como, principalmente, la legalización del comercio directo con las colonias (Schultz, 29). Para guardar las apariencias, Dom João negoció primero con los franceses y los españoles y quería esperar hasta el momento de la invasión para partir. El 23 de noviembre de 1807, Napoleón declaró depuesta a la dinastía Bragança y mandó invadir el país con sus tropas al mando del general Jean-Andoche Junot. Entonces empezó en Lisboa una carrera contra el tiempo. Con gran prisa se embarcaron el tesoro nacional, los archivos y la biblioteca real, una prensa tipográfica y muchas cosas más, así como entre 10 000 y 15 000 —los cálculos varían— cortesanos y trabajadores manuales. El príncipe regente le prometió patéticamente a una población capitalina indignada que regresaría en cuanto se acordara la paz. Los barcos zarparon justo a tiempo, antes de que Junot pudiera llegar a Lisboa a marchas forzadas (Manchester, British, 54-68).

La corte portuguesa en América, 1808-1821

Cuando la flota llegó a su puerto de destino Río de Janeiro a principios de 1808 después de un viaje por mar largo y fatigoso y la corte real empezó a instalarse en su nueva sede, ésta fue la primera vez en la historia que un soberano europeo venía a América. La consiguiente transferencia del centro del poder del Viejo al Nuevo Mundo significó una revolución en la manera de ver el imperio, porque con esto, se ponían en duda las jerarquías espaciales válidas hasta entonces entre el centro europeo y las colonias americanas. De hecho, al parecer, con esto se había invertido el reparto de papeles colonial (Rodrigues, vol. I, 7). Pero este cambio sorprendente también se podía entender como promesa para la regeneración de la monarquía absolutista en un mundo que, aunque todavía salvaje, era susceptible de ser civilizado, mientras que Europa se hundía en el asalto revolucionario de los franceses (Schultz, 2-5).

Con la salida de la corte real, se produjo una disputa retórica sobre la interpretación de este acontecimiento. En Europa, el general Junot afirmaba que, con su cobarde huida, el príncipe regente había perdido su pretensión de poder (Ibidem, 30-31). João reaccionó declarando la guerra a los franceses en mayo de 1808 y mandando atacar la colonia francesa de la Guayana. Este acto simbólicamente importante debía ocultar la vergonzosa retirada del foco de las tensiones en Europa y demostrar la legitimidad de la transferencia. Esto fue tanto más necesario, cuando ya en junio de 1808 estalló en Portugal una rebelión contra las tropas francesas de ocupación que se impuso rápidamente gracias al apoyo de los ingleses. Después de la expulsión de Junot, hubo todavía dos intentos de reconquista por parte de los franceses antes de que se retiraran definitivamente de territorio portugués en octubre de 1811. La defensa la organizó el general William Beresford que, provisto de plenos poderes especiales, habría de gobernar Portugal hasta 1820 (Vicente).

La dependencia de Gran Bretaña fue totalmente evidente también en Brasil. Como contrapartida por su protección, los británicos impusieron en 1810 los tratados designados con el nombre de su enviado Strangford, mediante los cuales les garantizaban amplia libertad de comercio y aranceles favorables, así como derechos especiales para sus propios ciudadanos, inclusive la libertad de culto, la extraterritorialidad en cuestiones jurídicas y la investidura de jueces propios (Manchester, British, 85-91). Los tratados también abordaban el problema de la trata de esclavos. Ya desde 1807, cuando la ley inglesa abolió la trata de esclavos, habían presionado a la Corona portuguesa para que siguiera su ejemplo (Bethell, 6). Ahora podían aumentar la presión y arrancarle el compromiso a Dom João de sólo tolerar la importación de esclavos provenientes de las posesiones portuguesas en África (Marques, 37-40).

Sin embargo, estas concesiones no pudieron enturbiar en un principio la alegría de los brasileños por la llegada de la corte. La proximidad espacial de la casa real les ofrecía nuevas posibilidades de obtención de favores individuales, así como una revaloración de Brasil y de sus habitantes en su conjunto. El príncipe regente también creó de inmediato nuevas autoridades, parecidas a las de Portugal, y otorgó puestos y dignidades. Con la fundación de academias militares y nuevas instituciones para el control del interior del país, se pretendía mejorar la defensa del país. En conjunto, se le otorgó a la capital Río una centralización política claramente más fuerte que la que tenía antes bajo los virreyes. También se amplió la integración económica de las regiones central y sur, porque tenían que abastecer a la corte (Malerba, Instituções, 33-48; Lenharo, 57-73). Esto no fue correspondido en todas partes. Pronto aparecieron rivalidades e intereses distintos entre los portugueses peninsulares y los brasileños. En particular, en vista de las relaciones comerciales problemáticas, la introducción de impuestos y contribuciones “voluntarias” para financiar las medidas de reforma de la Corona no fue nada sencilla (Adelman, 248-249).

También causaron perjuicios económicos las actividades de política exterior que la Corona desplegó en América. Desde la forzada abdicación de su hermano al trono de España, la princesa Carlota hizo planes para asumir la regencia del imperio colonial español cuyo objetivo inicial fue la zona de Río de la Plata (Blaurock, 89-124; Adelman, , 230-231). Su segunda intención era el fortalecimiento de la posición de poder político de Portugal en contra de su antiguo rival España. Pero también era importante la idea de poder actuar en América como potencia protectora de la monarquía. En este contexto se dio la intervención militar en la Banda Oriental, la cual se inició en 1811 después de la llamada de auxilio del virrey Elío. No sólo las elites brasileñas, que querían continuar tranquilamente con el comercio lucrativo con Río de la Plata, rechazaron las costosas expediciones. Sobre todo para Inglaterra, la guerra entre sus dos aliados llegó en mal momento y por ello insistió en un armisticio, el cual se mantuvo hasta 1817, antes de que una nueva invasión dejara la controvertida provincia en posesión de Portugal durante algunos años. [11]

Los costos de la táctica bélica tenían que generarse. La creciente importancia de Brasil estaba estrechamente relacionada ya desde el siglo XVIII con el valor económico que le correspondía a esta colonia en la estructura total del imperio portugués. Con el traslado de la corte, éste se volvió aún más importante. La Corona realizó reformas económicas desde su llegada a Brasil. El libre comercio se convirtió ahora en el nuevo credo imperial, en el que el político José da Silva, que estaba comprometido con las teorías de Adam Smith, desempeñó un papel decisivo como ideólogo (Schultz, 206-207). Así, a principios de 1808, Dom João anunció la apertura de los puertos brasileños a los barcos mercantes de países amigos. Con esto, también se legitimó, ahora oficialmente, el comercio directo con Inglaterra que de cualquier manera ya existía desde hacía mucho tiempo. De todos modos, no había alternativas a causa de la ocupación francesa de Portugal (Alexandre, 210-221). Además de la liberalización del comercio, la Corona anunció el levantamiento de la prohibición de manufactura y en 1809 —ya que esto sólo trajo pocos cambios— incluso una exención de impuestos para impulsar las manufacturas. El príncipe regente pudo emitir ambas medidas como una prueba directa de simpatía hacia sus súbditos brasileños (Novais, 280-285).

A pesar de las interrupciones del intercambio comercial, la economía brasileña se desarrolló positivamente en su conjunto hasta 1815 gracias a la creciente demanda de productos agrícolas a causa de la guerra. Así, ante la caída transitoria de las exportaciones provenientes de la región de Río de la Plata, aumentó la exportación de carne de Rio Grande do Sul. Pero la actividad económica se reactivó al máximo debido al auge azucarero continuo después de la revolución de Saint-Domingue y la destrucción allí de la economía de plantaciones. Los círculos comerciales brasileños se beneficiaron, además, de las ahora crecientes relaciones directas con África, que se llevaban a cabo sobre todo a través de barcos ingleses. En particular, Río de Janeiro pudo consolidar su liderazgo como centro económico y comercial. [12]

El éxito económico creó las bases para la costosa representación de la corte en el nuevo emplazamiento. Ya el pomposo desembarco escenificado en Río de Janeiro implicó ceremonias públicas y fiestas que se repitieron, por ejemplo, a la llegada de la princesa Leopoldine y en su boda con el príncipe Pedro. Con estas ocasiones festivas se ponía de relieve no sólo la majestad de la casa Bragança, sino también la dignidad de la nueva sede de la corte: Río de Janeiro (Souza, 207-237). Río de Janeiro se convirtió hacia el exterior evidentemente en la sede de la corte real. Se construyeron barrios aristocráticos, así como edificios representativos, por ejemplo, la capilla real, en la que Pedro debía ser coronado, y el teatro. Estas transformaciones las entendían los planificadores como una manera de civilizar y europeizar el Nuevo Mundo (Schultz, 101-150).

Parte de la política simbólica, que la corte del rey escenificó con gran insistencia, fue el fomento a la cultura. En su huida de Portugal, el rey se había llevado, entre otras cosas, una prensa tipográfica que, después de la prohibición de la época colonial, había reiniciado su trabajo a partir de 1808. El público, que se formó rápidamente ahora con exiliados y brasileños, seguía con gran interés sobre todo la información sobre la guerra en la península Ibérica. El número constantemente creciente de publicaciones no podía encubrir que la libertad de prensa seguía estando restringida y que, después de la rebelión de Pernambuco en 1817, la censura seguía funcionando con gran celo (Ibidem, 68-74).

El rey trajo consigo a Río de Janeiro una gran biblioteca y fomentó la creación de nuevas bibliotecas públicas, entre otras, la de Bahía. Surgieron nuevos centros de enseñanza, como por ejemplo las facultades de medicina. En 1816, se pudo incluso conseguir que una misión de conocidos artistas franceses, como el pintor Jean-Baptiste Debret y el arquitecto Auguste Henri Victor Grandjean de Montigny, permaneciera durante largo tiempo en Brasil (Souza, 283-326). En este contexto, ese mismo año Dom João mando fundar una Escola de Belas Artes, que sería el origen de la Academia de Artes. En noviembre de 1817, la archiduquesa Leopoldine trajo consigo a Brasil a muchos artistas y eruditos conocidos que —en parte hasta 1835— llevaron a cabo la expedición austriaca a Brasil patrocinada por el príncipe de Metternich. Con las publicaciones etnográficas y naturalistas de Johann Baptist von Spix y de Carl Friedrich Philipp von Martius, así como del príncipe Maximilian Alexander Philipp zu Wied-Neuwied, que dirigió una expedición independiente de 1815-1817 al interior del país, muchos científicos alemanes contribuyeron a la divulgación de los conocimientos sobre Brasil. [13]

El gran interés científico de Europa en Brasil, que había provocado la transferencia de la corte real, formó parte de una verdadera euforia que la Corona, fiel a la manera de pensar de la época, quería utilizar para fomentar la inmigración europea, a fin de “mejorar” la población. La nueva política exterior liberal se plasmó, entre otras cosas, en una ley que permitía a los extranjeros la adquisición de tierras. Ya en 1814 se prometió la donación de tierras a inmigrantes y cuatro años después se estableció un fondo de ayuda para éstos. En 1820, fueron eximidos de manera limitada de la contribución tributaria y del servicio militar (Wagner, 67-70). Estas medidas realmente estimularon la afluencia de inmigrantes europeos. El objetivo a largo plazo era la formación de una reserva de población que sirviera como sustitución de los esclavos y posibilitara un Brasil nuevo y moderno. Para ello, se aceptó incluso el hecho de que, entre los inmigrantes, también hubiera protestantes, como por ejemplo en la colonia Nova Friburgo fundada en 1819 por suizos o entre los numerosos comerciantes ingleses de las ciudades y que, con ello, se perturbara la homogeneidad religiosa del imperio portugués. Sin embargo, la política migratoria también provocó la crítica xenofóbica y en la vida cotidiana ocurrieron diversos altercados. [14]

Con el fin definitivo de la amenaza napoleónica y el Congreso de Viena de 1814/1815, cambiaron decisivamente las condiciones del imperio portugués. La diplomacia de Portugal no pudo conseguir mucho en el concierto de las potencias europeas. Así que tuvieron que devolver la Guayana otra vez a Francia. Más importante, sin embargo, fue que tuvieron que someterse a la norma inglesa en la trata de esclavos. La presión en la cuestión de los esclavos aumentó claramente (Conrad, Sorrow, 56-58; Marques, 40-48). En 1817, Dom João tuvo que aprobar un tratado que le daba a Inglaterra el derecho de controlar los barcos de esclavos también en tiempos de paz. Pero incluso estas medidas, así como los congresos de Aquisgrán (1818) y Verona (1822), en las que las potencias europeas reconocían una vez más la abolición de la trata de esclavos, tampoco tuvieron éxito (Bethell, 14-26). Los británicos no lograron restringir de manera efectiva el comercio con mercancía humana hacia Brasil (Manchester, British, 99-105). Por el contrario: “Ninguna ciudad portuaria había nunca importado tantos esclavos como la capital brasileña cuando ésta se convirtió en el centro del imperio portugués” (Adelman, 256).

Su comportamiento respecto a la cuestión de los esclavos mostró la estrategia de la Corona portuguesa. Si bien ante el dominio de Gran Bretaña, no era posible recusar los tratados, en la práctica sí se podían demorar o infiltrar. Las reacciones a la presión inglesa para que la corte real se trasladara otra vez a Lisboa fueron similares. Reconociendo la dependencia del dinero generado por ellos en Brasil y la gran libertad de acción que le daba su presencia en Brasil, Dom João se negó a regresar. Aunque no podía sencillamente reinstalar el régimen absolutista como su cuñado Fernando VII, sí podía poner de relieve su pretensión de poder mediante una medida de política simbólica. Esto ocurrió el 16 de diciembre de 1815 con la declaración formal del “Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarve”. En esto se reflejaban el reconocimiento de la importancia creciente de Brasil y el intento de reorganizar el imperio en su conjunto (Silva, Inventando, 250-268; Lyra, 149-173). El nuevo reino debía ser un baluarte tanto contra la influencia republicana de Hispanoamérica como contra las aspiraciones político imperialistas de los Estados Unidos. En cambio, nada debía cambiar en la forma autocrática del gobierno (Schultz, 190-197).

Con la fundación del Reino Unido, la revalorización de Brasil en el antiguo sistema de gobierno alcanzó su punto máximo. Ya antes la corte había atraído, además de a los enviados ingleses, también a representantes diplomáticos de Estados Unidos y de Rusia. El prestigioso enlace en 1817 del aspirante al trono Pedro con una hija del emperador austriaco hizo perfecto el triunfo de la diplomacia lusobrasileña. En realidad, con la mudanza de la corte, Brasil ya había dejado de ser una colonia. Ahora era también oficialmente el centro del reino. Más aún, desde la llegada de la familia real, la unidad política de la América portuguesa era más fuerte que antes porque, de un conjunto de distintas provincias unidas más con Lisboa que entre sí, se había convertido en una unidad política orientada a Río de Janeiro.

Sin embargo, esta propensión a la centralización no estuvo precisamente exenta de discusiones. El regionalismo tradicional de cinco grandes regiones históricamente muy independientes no se podía disolver en el transcurso de unos cuantos años. A las autoridades de Brasil, ya en los años 1810, les preocupaba que hubiera una propagación de la onda revolucionaria de Hispanoamérica a su propio país. Esta preocupación pareció confirmarse en 1817. En la provincia de Pernambuco se sentían relegados a causa de la preferencia por Río de Janeiro, lo que también se podía notar, de hecho, no sólo en una menor participación en la difusión comercial. Pero al mismo tiempo, precisamente en Pernambuco existía un patriotismo local bastante pronunciado, fomentado por el recuerdo de la triunfal expulsión de los holandeses en 1654 (Mota, 20-23).

Por consiguiente, el descontento aumentó continuamente desde 1808, sobre todo entre las elites académicas cultas y organizadas en logias (Bernardes, 121-192). En 1817 también llegaron a oídos del gobernador rumores sobre una conspiración inminente, contra la cual quería proceder apresando a prominentes masones. Sin embargo, los círculos de oficiales militares lo impidieron y depusieron al gobernador. El 7 de marzo formaron un gobierno provisional junto con comerciantes, clérigos y plantadores en Recife e incluso anunciaron una constitución provisional. El texto de esta constitución pregonaba la igualdad y la libertad de prensa y convocaba a una asamblea constituyente con la finalidad de formar una república aristocrática. El papel de la religión católica fue muy importante. Al mismo tiempo, también había voces radicales que exigían la abolición de la esclavitud. La catastrófica sequía de 1816 y la miseria que ésta provocó sobre todo en las clases bajas afrobrasileñas fue uno de los móviles de la rebelión. No obstante, el desacuerdo interno, la falta de organización y las preocupaciones de los dueños de esclavos por una revolución social obstaculizaron las actividades. Asimismo, el intento de inducir a las provincias vecinas a unirse no llegó a nada, aunque fue recibido con total simpatía en Paraíba y Ceará. Los países extranjeros —sobre todo Gran Bretaña y los Estados Unidos— no dieron muestras de reconocer a los insurrectos. Por consiguiente, no les fue difícil a las tropas realistas expulsar a los rebeldes mal armados. Ya en mayo se logró la recuperación de la capital Recife. Los dirigentes de la rebelión fueron duramente castigados de manera ejemplar (Barman, 57-61; Souza, 57-74; Leite, Inurreição).

El levantamiento en Pernambuco había mostrado que, en Brasil, desde la llegada de la corte habían surgido fuerzas políticas que estaban informadas por medio de obras impresas, teatro y sermones y que eran capaces de actuar conjuntamente. Ésta era una nueva forma de oposición con la que la Corona tendría que lidiar aún más fuerte en el tiempo siguiente. Mientras que la guerra hervía en la península Ibérica, el exilio en Brasil había podido hacerse pasar en todas las críticas como hecho heroico, o por lo menos como necesidad irrevocable. En conjunto, la huída de los Bragança en 1808 trajo cambios fundamentales en la estructura del imperio. Brasil se había deshecho de esta manera del estatus colonial y había ascendido a centro del imperio. Sin embargo, Portugal seguía siendo, por el momento, el punto de referencia determinante. Con el ascenso de Brasil a reino independiente en 1815, Dom João satisfizo los deseos de muchos, sobre todo en Río de Janeiro, y realizó lo que la Corona española no fue capaz de lograr a pesar de largas discusiones. De esta manera, se abrió una vía hacia una mayor autonomía que rápidamente desplegó su propia dinámica. La contradicción entre libre comercio y modernización cultural, por un lado, y el aferramiento al régimen absolutista, por el otro, generaron tensiones que se descargaron pocos años después (Mücke, 300-327).

La separación de Portugal, 1821/1822

El descontento de una parte de las elites brasileñas no terminó de ninguna manera con la supresión de la rebelión en Pernambuco. Se alimentaba, por un lado, de la enorme dependencia de Inglaterra. El trato de nación más favorecida en el intercambio comercial y la dependencia de préstamos provenientes de Londres debido a los altos gastos de la corte fomentaron el predominio británico. En esos años, Brasil estaba verdaderamente inundado de mercancías y representaciones comerciales inglesas, lo que repercutía de manera negativa en los negocios internos. Los controles de los conductores de esclavos a través de barcos de guerra ingleses, contra los que la Corona no hacía nada, no sólo interferían en el comercio con África —aunque no lo interrumpían—, sino que también herían el orgullo de los brasileños implicados, el cual se basaba en su independencia económica de facto, pues Lisboa no tenía ya ningún papel en el intercambio comercial (Adelman, 245-246 y 325). Sobre todo después del final del peligro francés en 1814, tanto en Brasil como en Portugal se interpretó el predominio inglés como la verdadera amenaza para el Reino Unido. Esta preocupación se profundizó en vista de la disminución en el mercado mundial de los precios del azúcar y del algodón en el tiempo que siguió (Alexandre, 217-225).

Cuanto más tiempo duraba la presencia de la corte en Brasil, más fuertes se hacían notar también las rivalidades entre los portugueses peninsulares y los brasileños de origen europeo. Aunque éstas no eran tan fuertes como en Hispanoamérica, la convivencia y la competencia por el favor del rey fortalecieron la tendencia a disociarse unos de otros y la comprensión de la divergencia de sus intereses. Desde el principio, los observadores brasileños criticaron la arrogancia de los exiliados portugueses, de cuyo desprecio hacia los brasileños estaban perfectamente conscientes. Esta crítica se combinó con el descontento por la pereza de la burocracia portuguesa y la preferencia por los portugueses peninsulares en la adjudicación de cargos y títulos honoríficos, así como en cuestiones de bienes raíces (Schultz, 68). El descontento en las relaciones con los súbditos brasileños alcanzó proporciones críticas cuando la Corona intentó compensar el déficit debido a la costosa guerra en la Banda Oriental con impuestos a los brasileños ricos (Adelman, 326-332).

En Portugal, la antigua metrópoli, el descontento con la situación total aumentó de igual manera. La huída de la corte había provocado disgusto. Se sintieron abandonados sin protección al ataque de los franceses. Las guerras en territorio portugués desde 1808 hasta 1811, en las que finalmente se impusieron las tropas angloportuguesas, habían dejado tras de sí mucha devastación. La regencia inglesa difícilmente se soportaba. Desde 1814, debido a la ausencia del rey y a la transferencia del dinero hacía Brasil, la impresión de ser la “colonia de una colonia” se había extendido cada vez más. Esto contribuyó al aumento del nacionalismo portugués, cuyo objetivo era el restablecimiento del reparto de papeles en las relaciones entre la metrópoli y Brasil (Alexandre, 420-439; Souza, 57-64).

Cuando en 1820 estalló en la vecina España la revolución liberal, esto constituyó una llamada de aviso para los liberales portugueses que desde hacía mucho tiempo se habían integrado en logias masónicas. En vista de los disturbios que se estaban preparando, el general Beresford viajó a Río de Janeiro para acordar cómo proceder a continuación. El movimiento liberal, entre cuyos dirigentes se contaban sobre todo terratenientes, comerciantes, oficiales de rango menor, clérigos y concejales, aprovechó su ausencia para sublevarse el 24 de agosto de 1820. Desde la ciudad portuaria de Porto, que en particular había sufrido mucho con la apertura de Brasil, los disturbios se propagaron rápidamente a todo el país. Las demandas fundamentales de los rebeldes eran dar por terminada la regencia de Beresford, elecciones para las cortes y el establecimiento de una monarquía constitucional. La confianza en el antiguo régimen, al que se consideraba responsable de la vergonzosa dependencia y la pérdida de reputación de Portugal, se había agotado. Pero no todos los participantes pretendían el ideal de la soberanía popular. Agrupaciones conservadoras dentro del movimiento propugnaban más por el restablecimiento de la antigua distribución de peso entre Portugal y su colonia (Alexandre, 465-490; Neves, 231-254).

La revolución liberal en Portugal tuvo repercusiones directas en Brasil. Con un número casi explosivo de folletos y obras impresas, los brasileños participaron en el intercambio de ideas liberales y establecieron, junto con los portugueses, un discurso trasatlántico que integraba discusiones similares en el mundo de habla hispana y se remitía cada vez más a los acontecimientos en Hispanoamérica. [15] Las discusiones constitucionalistas desembocaron en la exigencia de una representación política independiente para Brasil alrededor del cambio de año 1820/1821. Ya en enero de 1821, se formó en Pará una junta de gobierno que se subordinó a las cortes portuguesas elegidas en diciembre de 1820. Bahía siguió el ejemplo y creó poco después una junta de gobierno. También en la mayoría de las demás provincias, los gobernadores realistas que aún quedaban tuvieron que compartir el gobierno con juntas locales durante el tiempo siguiente, si no se retiraban por completo. Pocas semanas después, las tropas portuguesas en Río de Janeiro obligaron al rey, el 26 de febrero de 1821, a declararse a favor de las exigencias de las cortes y del proceso constituyente. Dom Pedro actuó como mediador entre la muchedumbre revolucionaria y el rey. João tuvo que jurar que reconocería una nueva constitución. Además se vio obligado a dejar participar a liberales en el gobierno (Schultz, 236-265; Souza, 150-168).

A partir de mayo de 1821, se iniciaron las elecciones a las cortesen las provincias brasileñas (Silva, Movimiento 75-76). Aparte de los consejos municipales coloniales, se trató de las primeras elecciones y además de un nuevo tipo. Se desplegó una campaña electoral con folletos y otras obras impresas con los que se llevó por primera vez la política directamente a la opinión pública recién surgida. [16] Al igual que en Portugal, también en Brasil los masones formaron importantes núcleos organizativos como precursores de los partidos. El objetivo era elegir “diputados de la nación”. Es decir, aquí se presuponía una unidad nacional que de ninguna manera estaba dada todavía. Si bien el derecho al voto no estaba unido a un censo, los ciudadanos estaban divididos en distintas categorías, en las que los esclavos estaban excluidos de los derechos civiles. Tampoco tenían derecho al voto las mujeres, los hombres menores de 25 años si no estaban casados, los hombres que aún vivían con su familia, los monjes, los criados y los vagabundos. Las actas electorales se habían unido a rituales eclesiásticos tradicionales. Misas solemnes y sermones crearon la conexión simbólica con el Ancien Régime y restringieron otra vez desde el principio el grado de innovación de las acciones democráticas. [17]

Principalmente párrocos, abogados, funcionarios reales, latifundistas y maestros, así como algunos oficiales, médicos y comerciantes, resultaron vencedores en las elecciones brasileñas (Neves, 57-79). No obstante, todo Brasil sólo pudo enviar a las cortes claramente menos diputados que la metrópoli, porque en el cálculo que sirvió de base para el número de pobladores, no se incluyó a los afrobrasileños. Los objetivos de los diputados brasileños eran muy heterogéneos según su origen regional. [18] Sin embargo, la mayoría se aferraron a la idea del Reino Unido con igualdad de derechos para Brasil. En su opinión, la sede de la corte debía permanecer o bien en Río de Janeiro, o bien alternarse entre Brasil y Portugal. En ausencia del rey, por lo menos debía permanecer en el lugar el príncipe heredero como príncipe regente. [19]

Sin embargo, los brasileños se enfrentaban a una clara mayoría de portugueses peninsulares, en los cuales dominaban sobre todo los comerciantes intercontinentales que defendían un regreso a la antigua política colonial (Adelman, 338). Las cortes, dominadas por la mayoría portuguesa, querían imponer la supresión de las instituciones centrales de Río de Janeiro, la subordinación de Brasil a Portugal, la restricción del libre comercio y el regreso de la corte.[20] En un principio, insistieron enfáticamente en el regreso del rey, que ya no pudo sustraerse a esta demanda planteada desde hacía muchos años. Ya el 7 de marzo de 1821 João IV declaró que regresaría, a pesar de que en Río de Janeiro circulaban peticiones en contra de este paso (Barman, 71-72; Silva, Repercussão, 1-52). En abril, el rey inició su viaje de regreso hacia Lisboa y dejó a su hijo Pedro como príncipe regente en Río de Janeiro. Además, el rey se llevó consigo el tesoro nacional y con ello provocó una embestida al Banco do Brasil (Lima, 58-59; Adelman, 336).

Aunque la indignación por esta acción del rey fue grande, ni así los intereses brasileños formaron un bloque unitario en las negociaciones con las cortes. Las juntas de las provincias se caracterizaron precisamente por rechazar no sólo la pretensión de liderazgo de Lisboa, sino también el de Río de Janeiro. Al igual que en Hispanoamérica, fueron la expresión de identidades regionales muy marcadas. Aunque en ese momento todavía no se habían vuelto separatistas, sí se entendían como “pátrias pequeñas” autónomas (Barman, 75). Así, también hubo distintas demandas y programas políticos. Mientras que, por ejemplo Bahía, cuyos diputados eran en gran parte portugueses peninsulares, reconocía las cortes, la junta de São Paulo al mando de su vocero José Bonifácio de Andrada e Silva y sus hermanos se pronunció por la conservación de la autonomía brasileña bajo Dom Pedro. En total, durante todo el año de 1821, un alto grado de autonomía regional caracterizó los desarrollos políticos en Brasil (Lima, 96-97).

Las cortes en Portugal se mostraron desilusionadas a la llegada del rey en julio por la ausencia de Dom Pedro. A fin de aclarar su pretensión de poder, en septiembre la asamblea expresó las demandas de la mayoría portuguesa en un decreto. Se decidió la disolución de todas las autoridades y tribunales de justicia reales que se habían establecido en Brasil desde 1808. Las provincias brasileñas se subordinaban directamente al poder ejecutivo de las cortes que, para tal fin, debían designar gobernadores militares independientes de la junta. Al príncipe heredero se le ordenaba que abandonara Brasil. Además, las cortes enviaron tropas adicionales a Bahía y subordinaron todas las unidades brasileñas al mando portugués.

Esta amenaza masiva a la autonomía de Brasil provocó en distintos ámbitos un proceso de cambio en la manera de pensar. En Río de Janeiro aparecieron entonces lemas y obras impresas que exigían la permanencia de Pedro. El 1° de enero de 1822, la junta de São Paulo se dirigió al príncipe regente con la misma demanda en una petición escrita por José Bonifácio que rechazaba el decreto de las cortes y le señalaba su disposición a luchar. Cuando el concejo municipal de Río de Janeiro se unió a esta demanda, Pedro aceptó esta pretensión. El 9 de enero de 1822, hizo pública su decisión con un voto solemne, el fico (“me quedo”) y con ello provocó un gran entusiasmo. [21]

El sucesor del trono tenía mucho tiempo intercambiando opiniones con políticos brasileños, cuyas opiniones liberales apoyaba en parte. Pero sobre todo rechazaba la supeditación a las cortes portuguesas y quería convertir a Brasil en una monarquía según sus propias ideas. A fin de asegurar el camino tomado, Dom Pedro mando expulsar de Río de Janeiro a la guarnición portuguesa y convocó a un concejo municipal en el que José Bonifácio asumió el papel dirigente. Sin embargo, no todas las provincias se adhirieron de inmediato al movimiento, sobre todo porque no estaba claro en qué dirección se movería. En Bahía las tropas portuguesas llevaron a cabo luchas defensivas. Las juntas de Pernambuco y Minas Gerais mostraban una actitud republicana y rechazaban la solución de una monarquía. Mediante un viaje a la capital Ouro Preto, Pedro pudo ganar Minas Gerais para sí, pero, mientras tanto, se descubrió una conspiración en la capital. En vista de lo incierto de la situación, Pedro se dejó proclamar como defensor perpétuo de Brasil el 13 de mayo de 1822. Ese mismo mes, las cortes de Portugal acordaron, en contra de los votos de los diputados brasileños, enviar más tropas a Bahía. Cada vez con mayor claridad se perfilaba un conflicto violento entre la metrópoli y la colonia. El ideal de un Reino Unido ya no podía salvarse (Berbel, 48-50; Lyra, 191-227).

En Brasil se constituyeron mientras tanto las fuerzas políticas. En ellas se manifestaron dos grupos dominantes de actores, ambos estrechamente unidos en su alineación política a la masonería heterogénea (Barata, 247). Por un lado, estaban los liberales moderados preparados en Coimbra con raíces brasileñas y portuguesas en torno a José Bonifácio. [22] Ellos aspiraban a una solución monárquica y a la unión de Brasil. También querían mantener las estructuras económicas y sociales, así como la dominancia del rey en el ejecutivo. En el lado contrario se encontraba una elite brasileña en torno al político Joaquim Gonçalves Ledo, los cuales, en cuanto a lo social, habían sido reclutados en su mayoría de la clase media y se inspiraban en las ideas de la Revolución francesa. Éstos defendían demandas políticas radicales como la soberanía popular y el establecimiento del rey en una constitución democrática. [23]

Los planes políticos para el futuro tomaron forma cuando Pedro mandó convocar el 3 de junio de 1822 a una asamblea constituyente que debía reunirse en 1823 y elaborar una constitución. La Assembléia Constituinte do Brasil debía ser el equivalente brasileño de las cortes, un congreso propio con la participación de todas las provincias y con el objetivo de restringir la preponderancia de Río de Janeiro. Con esta medida, parecía haberse impuesto el grupo en torno a Ledo. Pero José Bonifácio pudo imponer su opinión en la cuestión del derecho a voto, que preveía un censo estricto (Macaulay, 131-132).

Entretanto, los acontecimientos desplegaron una dinámica propia. En julio de 1822, Dom Pedro envió tropas al mando del francés Pierre Labatut contra Bahía y misiones diplomáticas a las cortes de Londres y París para conseguir el reconocimiento de su gobierno independiente. Pocas semanas más tarde, hizo volver a los diputados brasileños a las cortes en Portugal. A principios de agosto, su gobierno exhortó al pueblo brasileño a la resistencia contra las cortes y a luchar por la independencia nacional al mando de Dom Pedro con argumentos que recordaban la retórica de la revolución estadounidense. Poco después, su principal asesor José Bonifácio presentó a las naciones amigas un manifiesto de tono más moderado pero quejándose de tres siglos de opresión y “esclavitud”, el cual se parecía mucho a una anticipada declaración de independencia. Ésta ya no iba a hacerse esperar mucho, porque las cortes reaccionaron a las provocaciones con un escrito que agravó más la situación. Exhortaron al príncipe a dar una vuelta a su política y les advirtieron a todos los que participaron en los acontecimiento políticos desde el fico que serían perseguido por la ley. Además, había que reclutar un nuevo ejército para sofocar los disturbios rebeldes de Brasil (Adelman, 341; Alexandre, 639-392). Pedro recibió el escrito el 7 de septiembre en un viaje por el río Ipiranga y reaccionó con su famoso grito, que dio a conocer públicamente al atardecer en São Paulo como declaración de independencia. Mientras los diputados brasileños de las cortes salían de Portugal, simultáneamente muchos portugueses acaudalados huían de Brasil. Con la proclamación de Pedro como emperador de Brasil el 12 de octubre de 1822 y su coronación el 1° de diciembre, se consumaron los hechos (Barman, 95-102).

La ruptura con la Madre Patria correspondía al espíritu de la época. Los acontecimientos de la zona atlántica y en particular la independencia hispanoamericana, que en 1822 ya se había impuesto en gran medida, fueron puntos de referencia importantes, aunque se rechazaba su radicalidad. De hecho, el peligro de una reconquista por parte de Portugal parecía más bien mínimo en vista del fracaso de España, y también antes el de Inglaterra. Así, entre 1821 y 1822, se pudo llevar a cabo en Brasil un paso que se parecía en su desarrollo a los acontecimientos de 1820 en Porto. Se trató de una revolución moderada cuyos principales representantes se preocuparon por evitar situaciones anarquistas y mantener e integrar los pilares del antiguo régimen, la monarquía y la Iglesia católica. Estas instituciones sirvieron para legitimar el poder y escenificar el nuevo espíritu de independencia y autonomía nacional.

El joven imperio, 1822-1831

A pesar de toda la pompa solemne de la coronación imperial, a finales de 1822 todavía estaba pendiente la cuestión de si finalmente se mantendría la unidad de Brasil y cómo sería el sistema de gobierno en el futuro. Si bien la revolución política había transcurrido esencialmente sin derramamiento de sangre hasta finales de 1822, todavía se requerían enfrentamientos bélicos para asegurar lo logrado. Los requisitos para esto seguían siendo el reconocimiento internacional y la estabilidad interna.

La oposición portuguesa contra el imperio se concentró en el noreste del país, principalmente en la provincia de Bahía. Allí, ya desde hacía meses el general Labatut se esforzaba en vano por expulsar a los portugueses y en noviembre tuvo que observar cómo grandes contingentes provenientes de la metrópoli reforzaban las filas de su contrincante, el general Inácio Luís Madeira de Melo. Éste reclutó esclavos a los que prometió la libertad a cambio de su servicio en el ejército. No obstante, también se enfrentó a un movimiento antiportugués que ganaba adeptos no sólo en Bahía, sino también en Maranhão y Pará y que igualmente recurría a esclavos liberados. [24] Los militantes de este movimiento estaban básicamente escépticos en contra de un gobierno central en Río de Janeiro y, en caso de tener éxito, podían buscar su propia vía separada hacia la independencia.

A fin de prevenir este peligro y destruir la resistencia portuguesa, el gobierno imperial tuvo que recurrir a la ayuda extranjera. Consiguieron para ello a lord Cochrane, que renunció a su cargo de almirante en Chile. Fue una empresa cara que tuvo que ser financiada con los ingresos por los derechos de importación de mercancías inglesas. A partir de abril de 1823, Cochrane consiguió que la oposición del norte retrocediera cada vez más. En esto lo favoreció que, tras la invasión francesa a España, también Portugal regresara al absolutismo mediante un levantamiento de jóvenes aristócratas en mayo de 1823 (la llamada Vila Francada), se disolvieran las cortes y se volviera a abolir la constitución. Esto trajo confusión y desmoralización en el bando de los portugueses. De esta manera, la flota imperial logró no sólo vencer a sus enemigos portugueses, sino también inducir a las provincias liberadas a declararle su fidelidad al imperio. Hubo numerosas víctimas, pero el derramamiento de sangre se mantuvo limitado en comparación, y se permitió que las tropas portuguesas regresaran a la Madre Patria (Vale, passim).

Cuando finalmente se marchó la guarnición de Montevideo en noviembre de 1823, se conjuró definitivamente la amenaza militar por parte de Portugal. Ahora se planteaba el problema de la constitución. A principios de 1823 se celebraron elecciones para la asamblea constituyente que fue inaugurada solemnemente por el emperador el 3 de mayo. Al mismo tiempo, Dom Pedro repitió el juramento que ya había hecho en su coronación de respetar la constitución, si ésta era digna de él y de Brasil, y advirtió que los experimentos liberales estaban condenados al fracaso como lo habían demostrado los ejemplos de Francia, España y Portugal. El discurso dejó claro que el emperador no pretendía una legitimación democrática y rechazaba tanto la democracia como el despotismo. [25] El discurso de apertura fue, en parte, esencialmente obra de José Bonifácio, que en octubre de 1822 ya había logrado esquivar a Ledo y enviarlo al exilio. [26]

Pero José Bonifácio no pudo disfrutar por mucho tiempo de su influencia con el emperador, ya que en julio de 1823 ocurrió una disputa que acabó en la renuncia del ministro. Esto no le impidió al político elaborar un proyecto de constitución. El documento preveía un sistema centralizado con un ejecutivo fuerte hecho a la medida del emperador que, al igual que en la constitución estadounidense, debía tener un legislativo y un judicial con los mismos derechos. El proyecto también garantizaba los derechos civiles y la libertad de prensa. Mientras que las discusiones sobre los artículos de la constitución se alargaron mucho tiempo, en la opinión pública crecía el hostigamiento contra los portugueses que aún permanecían en Brasil. El propio emperador no se libró de ello y circuló el rumor de que tenía la intención de buscar la reunificación con la metrópoli después de la muerte de su padre. En noviembre se agravó la situación. A instancias del ejército, en el que servían muchos oficiales nacidos en Portugal, el emperador decidió disolver el congreso el 12 de noviembre de 1823 y desechar el proyecto de constitución existente. A José Bonifácio y a sus hermanos, que habían estado alborotando los sentimientos nativistas, los envió exiliados a Francia. [27]

En vista de las experiencias decepcionantes desde su punto de vista, con la asamblea constituyente, el emperador nombró otra vez un concejo municipal al que encomendó la elaboración de la constitución, la cual debería garantizar un orden idealizado. El 25 de marzo de 1824 se dio a conocer la nueva constitución. De hecho, ésta era, respecto a la libertad religiosa y a los derechos civiles, tal como lo había prometido pomposamente el emperador en noviembre, más liberal que el primer proyecto. Sin embargo, en lo que se refería al sistema de gobierno no era así. La constitución creaba un legislativo bicameral, en el que los senadores serían nombrados de manera vitalicia por el emperador y los diputados serían elegidos por los pocos que tenían derecho a voto, los cuales debían cumplir criterios censales. Especialmente manifiesta era la plenitud de poderes del emperador como cabeza del ejecutivo, así como cuarto poder del Estado que ejercía derechos de arbitraje sobre los demás poderes. Por consiguiente, contaba con absoluto poder de veto, el derecho de destitución de cargos y de convocatoria para nuevas elecciones. Además, el emperador tenía derecho de intervención en las provincias, cuyos presidentes nombraba él personalmente. Sólo el poder judicial era independiente. Finalmente, se creó así un Estado que apenas si podía distinguirse del absolutismo ilustrado. [28]

La constitución no provocó euforia en todas partes. Con los éxitos militares de 1824, los regionalismos no eran de ninguna manera un asunto concluido, sino que, por el contrario, seguían siendo un problema central de la formación del Estado. [29] Especialmente en Pernambuco, los concejos municipales dirigentes de Olinda y Recife rechazaron a los nuevos presidentes de provincia nombrados por el emperador y pretendían imponer a su propio candidato, Manuel de Carvalho. En julio de 1824 se agravó la situación cuando Carvalho proclamó un Estado independiente, la Confederação do Equador, e invitó a las demás provincias a unirse. En la capital de la provincia de Caerá, Fortaleza, también se estableció un gobierno propio. Las ideas políticas de los rebeldes eran el contraproyecto de la constitución imperial, ya que postulaban un sistema descentralizado con un ejecutivo débil. Para la defensa, se movilizaron milicias populares rebeldes que, sin embargo, poco pudieron hacer para contrarrestar el contraataque militar de la flota de Cochrane. El 17 de septiembre cayó Pernambuco y, unos meses más tarde, Fortaleza. En las siguientes semanas, las tropas imperiales sofocaron también los últimos restos del levantamiento y pusieron un ejemplo con los dirigentes. [30]

Durante el periodo restante del gobierno de Pedro no hubo más movimientos secesionistas. De esta manera, el gobierno imperial pudo concentrarse en el problema del reconocimiento internacional del nuevo Estado para no permitir ningún intento de reconquista por parte de Portugal. En América, las reacciones fueron diversas: Buenos Aires reconoció a su vecino ya en 1823; siguieron los Estados Unidos y México en 1824 y 1825, Bolívar, sin embargo, veía con desconfianza el imperio, pues temía tendencias restaurativas. De todas maneras, era más importante el reconocimiento de las potencias europeas, porque sólo así se podía romper el anatema que pesaba sobre el Estado derivado de una revolución. Con este objetivo, entraron en negociaciones con el gobierno de Londres, pero éstas se alargaron durante mucho tiempo debido al respeto por el aliado inglés, Portugal, y por la cuestión de la trata de esclavos. Con todo, la petición encontró menos resistencia en las potencias garantes de la Santa Alianza que en el caso de los estados hispanoamericanos, ya que, con Brasil, se trataba de una monarquía cuyo origen podía interpretarse incluso como reacción a una revolución liberal. De esta manera también Austria, dinásticamente vinculada con Dom Pedro, se unió a los ingleses para presionar a Lisboa a un acuerdo amistoso. El 29 de agosto de 1825 finalmente se llegó a un acuerdo con Portugal. Para el reconocimiento internacional de su independencia, Brasil debía concederle a la Madre Patria condiciones extraordinariamente favorables y hacerse cargo, entre otras cosas, de la deuda externa de Portugal. Para ello, ambos países concertaron una alianza permanente. Con ello, quedó libre el camino al reconocimiento de Brasil por las demás potencias europeas, lo cual se realizó rápidamente (Manchester, Recognition, 80-96).

El primer ministro George Canning aprovechó la cuestión del reconocimiento como medida de presión para abordar la abolición de la trata de esclavos. De hecho, los ingleses renovaron en 1825 el tratado comercial en el que le concedían al imperio un plazo de tres años para la supresión de la trata de esclavos (Bethell, 27-61). Con ello, este tratado implicaba un enorme potencial de conflicto de política interna para el gobierno imperial. En los textos de las constituciones de 1823 y 1824, la esclavitud había permanecido intacta, aunque el propio Dom Pedro desaprobaba esta institución. Para el emperador, así como para su asesor de muchos años José Bonifácio, la esclavitud era una antigua reliquia del Ancien Régime que contradecía la idea de libertad. [31] Además, los esclavos representaban, en su opinión, una fuente de peligro, como lo habían mostrado las experiencias de Haití y de numerosas revueltas en Brasil en los años 1810. Puesto que la economía brasileña se basaba en gran parte en el trabajo de las plantaciones y en el cultivo de azúcar, algodón, tabaco y café, se quería conservar la esclavitud y, debido a la alta mortalidad, también la trata de esclavos, inicialmente por razones de conveniencia. El apoyo de los grandes plantadores a Dom Pedro y a la causa de la independencia se debía, después de todo, a que esperaban atenuar la presión inglesa en la cuestión de los esclavos. En opinión de la mayoría de los responsables de la política, la conservación de la esclavitud era necesaria para mantener la unión de Brasil. La concesión a Inglaterra en esta cuestión implicaba, por tanto, un alto potencial de conflicto (Bethell, 40-43).

El conflicto latente en la cuestión de la esclavitud no era el único problema de política interna al que pronto tendría que enfrentarse el emperador. Pedro gobernó autocráticamente alrededor de 30 meses y el parlamento, cuidadosamente seleccionado por él, sólo pudo iniciar su trabajo en 1826, lo que provocó el disgusto de una parte de la opinión pública. La libertad de prensa nunca llegó a ser realmente válida. Los derechos civiles, también contemplados en la constitución, a menudo eran suspendidos o restringidos, por ejemplo, si se trataba de reprimir rebeliones. En particular, la provincia más al sur, la Banda Oriental o província cisplatina, causaba preocupaciones. La reanudación del movimiento de independencia de allí a partir de 1825 desembocó en una guerra infructuosa contra las Provincias Unidas de Río de la Plata que consumió grandes sumas hasta 1828 y encontró oposición en el parlamento. [32] Esto también afectó los esfuerzos de Pedro para imponer, después de la muerte de su padre en 1826, los derechos sucesorios de su hija en Portugal contra su hermano Dom Miguel. Cuando también surgieron problemas de exportación en las principales mercancías brasileñas de exportación y el Banco do Brasil se declaró en bancarrota en 1829, las dificultades aumentaron hasta convertirse en una grave crisis. Además estaba la disminución del prestigio personal del emperador a causa de su escandalosa aventura amorosa extramarital con Domitília de Castro. Muchos brasileños lo hicieron responsable del prematuro fallecimiento de la emperatriz Leopoldine el 11 de diciembre de 1826. Además, la nueva boda con la princesa bávara Amélie de Beauharmais von Leuchtenberg en 1829 resultó también muy costosa. Cuanto más duraba el gobierno de Pedro, tanto más aumentaba la impresión de despotismo, la cual se vio reforzada por sentimientos antiportugueses. La oposición parlamentaria de exaltados, radicales urbanos, y moderados, elites provinciales, ganó constantemente influencia y puso al emperador y a parte de su partido entre la espada y la pared. Como consecuencia, el 7 de abril de 1831 Pedro I renunció al trono en favor de su hijo de apenas cinco años Dom Pedro de Alcántara y regresó a Portugal (Barman, 130-159; Souza, 327-350).

Resumen

Pedro I dejó tras de sí un Brasil cuya independencia ciertamente estaba asegurada, pero cuyos problemas internos y externos aún esperaban solución. Con la independencia, aún no estaba claro cómo debía gobernarse Brasil ni quién debía asumir la responsabilidad de ello. La violencia política caracterizó al joven imperio. La declaración de independencia fue el inicio de un largo proceso de aclaración, que aún no había terminado con la renuncia al trono de Pedro. Surgieron tensiones sobre todo de las diferencias irreconciliables entre las ideas liberales del gobierno representativo y los derechos civiles, por un lado, y una monarquía con pretensiones de poder absolutistas y apenas disimuladas debido a la constitución de 1824, así como un sistema económico y social basado en la esclavitud, por el otro.

La vía hacia la independencia se ha valorado de diversas maneras en la historiografía brasileña. [33] De acuerdo con los principios hagiográficos, se impusieron las interpretaciones estructuralistas que, o bien, como Manoel de Oliveira Lima, colocaron en el centro el proceso de maduración de una identidad nacional brasileña, según la cual la separación de la Madre Patria se presentó casi automáticamente, o bien, como por ejemplo Fernando Antônio Novais, hicieron énfasis en la crisis del Ancien Régime como causa de lo inevitable de la separación de Brasil respecto de Portugal (Lima, Novais). Desde el regreso de Brasil a la democracia, se han impuesto en la historiografía brasileña nuevos planteamientos para la independencia que hacen hincapié, por ejemplo, en la diversidad regional y también en su inclusión en la zona atlántica. Mucho señala que hay que buscar el inicio de la emancipación de Brasil ya en los años de 1808 a 1821, cuando la colonia se convirtió en el centro del imperio. Los acontecimientos de 1821/1822 crearon, por consiguiente, el cierre de un proceso de separación. Sin embargo, la solución monárquica de 1822, después de la transferencia de la corte real en 1808, no fue inevitable, sino una opción entre muchas que se impuso, en último término, porque las constelaciones en el espacio atlántico la favorecieron (Carvalho, Elites, 382). Tampoco se trató de ninguna manera de una mera “separación amistosa”, sino, como lo han señalado nuevas investigaciones, de un cambio revolucionario con conflictos bélicos. [34]

Sin embargo, si se comparan los acontecimientos de Brasil con los de Hispanoamérica, salta a la vista que claramente hubo menor derramamiento de sangre y que evidentemente las guerras duraron menos tiempo. [35] El movimiento de independencia brasileño fue, al igual que el hispanoamericano, una reacción al intento de la central imperial de sentar el sistema imperial sobre una nueva base mediante reformas, pero sin cambiarlo básicamente. Los acontecimientos se produjeron aquí, al igual que allá, debido a la expansión napoleónica. No obstante, el resultado fue distinto, porque, a diferencia de la “balcanización” de Hispanoamérica, donde surgieron 16 estados independientes como consecuencia de las revoluciones de independencia, Brasil no se desintegró, a pesar de la existencia de numerosas regiones unidas más con Lisboa que entre sí y con un alto grado de identidad regional y patriotismo local (Carvalho, Elites, 378). En el transcurso de las disputas, al igual que en Hispanoamérica, de la disociación con la antigua Madre Patria, surgió una identidad común. También fue importante el ejemplo de los movimientos de independencia que estaban ocurriendo simultáneamente en los países vecinos (Pimenta, 13-28). La desintegración en subestados se pudo evitar, porque el monarca estaba presente y porque la fuerza de integración de Río de Janeiro como capital y sede de la corte demostró ser lo bastante fuerte para contener las fuerzas centrífugas. No obstante, esta identidad siguió siendo incierta, como lo testimonian las numerosas rebeliones regionalistas del siglo XIX —que empezaron en Pernambuco en 1824—. Brasil era, aun después de 1822, un proyecto nacional que todavía tenía que llenarse con contenido y significado.

Un tercer factor, que tuvo un efecto integrador, fue el miedo inherente de la mayoría de los integrantes de la clase alta blanca a una radicalización y a una revolución de esclavos según el ejemplo haitiano. En eso no se diferenciaron de las elites hispanoamericanas. Especialmente para la oligarquía de plantadores, la prevención de una sacudida del orden social tenía la máxima prioridad. Mientras que esto, en opinión de los plantadores de azúcar, se consiguió de la mejor manera, por ejemplo en Cuba, mediante la conservación del sistema colonial, a la “plantocracia” brasileña se le presentaba una salida con el mantenimiento de la monarquía en su propio país, que sirviera como garante del sistema de la esclavitud, aun cuando el emperador Pedro personalmente la rechazara. La corriente básica conservadora de esta revolución política se manifestó en que el mantenimiento de la esclavitud finalmente determinaba la manera de pensar de las elites y limitaba la disposición al cambio. No sólo los esclavos, en cuya situación nada cambió, sino también otros grupos no privilegiados no se beneficiaron con la independencia, aunque en parte intervinieron activamente en los conflictos bélicos y, en cualquier caso, constituyeron la mayoría de las víctimas. La independencia de Brasil fue, al fin y al cabo, un “movimiento de las elites para las elites”. [36]

Notas

[1] Acerca de las discusiones globales, véase Sebastian Conrad y Andreas Eckert, “Globalgeschichte, Globalisierung, multiple Modernen: Zur Geschichtsschreibung der modernen Welt”, en Conrad et al., Globalgeschichte, 7-52.back to text

[2] Jefferson a St. George Tucker (27 de agosto de 1797), citado según Simon P. Newman, “American Political Culture and the French and Haitian Revolutions”, en Geggus, The Impact, 79.back to text

[3] Godechot, France and the Atlantic Revolution; Palmer, Age of Democratic Revolution. La concentración en el Atlántico Norte también es el punto central en Hobsbawn (Age of Revolution), aunque su análisis tiene una orientación muy distinta a las de Godechot y Palmer.back to text

[4] Acerca de esta omisión, véase, por ejemplo, Hensel, Entstehung des Föderalismus, 13. Una importante excepción fueron, por supuesto, los trabajos de la Escuela de Leipzig de Manfred Kossok, quien incluye sistemáticamente el Atlántico Sur en su estudio sobre los “ciclos revolucionarios”. Kossok, Revolution, y Alternativen.back to text

[5] Horst Pietschmann, “Introduction: Atlantic History — History between European History and Global History”, en Pietschmann, Atlantic History, 11-54; Bailyn, Atlantic History. La perspectiva atlántica propuesta por Pietschmann y Bailyn se ha tenido en cuenta progresivamente en la investigación moderna sobre la independencia. Así lo muestran antologías como las de Calderón y Thibaud, ; Shields y Meléndez, Liberty; Rodríguez, Revolución, y Morrison y Zook, Revolutionary Currents . Langley (Americas) intentó realizar una síntesis para los Estados Unidos de América, Haití e Hispanoamérica que, sin embargo, no incluye a Brasil. Para comparar el final de los imperios inglés y español, véase Elliot, Empires, 255-402. Véanse también Rodríguez, The Emancipation of America, 131-152, y Stüwe y Rinke, Die politischen Systeme.back to text

[6] Anthony McFarlane, “Issues in the History of Spanish American Independence”, en McFarlane y Posada-Carbó, 1. Véase también Anthony McFarlane, “Independências americanas na era das revoluções, contextos, comparações”, en Malerba, 387-418.back to text

[7] Stefan Rinke y Klaus Stüwe, “Politische Systeme Amerikas: Ein Vergleich”, en Rinke y Stüwe, 6.back to text

[8] João Pinto Furtado, “Das multiples utilidades das revoltas: movimentos sediciosos do último cuartel do século XVIII e sua apropiação no precesso de construção de nação”, en Malerba, A independência, 99-124. Para el papel de Haití, véase arriba.back to text

[9] Jorge Miguel Pedreira, “Economia e política na explicação da independência do Brasil”, en Malerba, A independência, 55-98.back to text

[10] Barman, 26-29. Para la comparación con Lima, véase Hamnett, Process and Pattern, 298.back to text

[11] D. A. G. Waddell, “International Politics and Latin American Independence”, en Cambridge History vol. 3, 201-204.back to text

[12] Riva Gorenstein, “Comércio e política: o enraizamento de interesses mercantis portugueses no Rio de Janeiro, 1808-1830”, en Martinho y Gorenstein, Negociantes e caixeros, 130-135; Fragoso y Florentino, O arcaísmo.back to text

[13] Véanse al respecto los ensayos en Helbig, Brasilianische Reise.back to text

[14] Nicoulin, A genêse; Gorenstein, “Comércio e política”, en Martinho y Gorenstein, 137-138.back to text

[15] Barreto, A ideologia liberal, 109-146; Marco Morel, “La génesis de la opinión pública moderna y el proceso de independencia (Río de Janeiro, 1820-1840)”, en Guerra y Lemperière, Los espacios públicos, 300-320. Para las referencias a Hispanoamérica, véase João Paulo Pimienta, “La independencia de Hispanoamérica en la prensa de Brasil”, en Frasquet, Bastillas, cetros y blasones, 285-298.back to text

[16] Isabel Lustosa, “Insultos impresos: o nascimento da impresa no Brasil”, en Malerba, A independência, 241-268.back to text

[17] Lúcia Maria Bastos P. Neves, “Las elecciones en la construcción del Imperio Brasileño”, en Annino, Historia de las elecciones, 381-408.back to text

[18] Para Pernambuco, véase Bernardes, 355-398. Para São Paolo, véase Berbel, A nação, 127-168.back to text

[19] Sobre los diputados brasileños en conjunto, véase Berbel, 31-126; Emília Viotti da Costa, “The Political Emancipation of Brazil”, en Russell-Wood, From Colony to Nation, 43-88.back to text

20. Acerca de las discusiones en las cortes, véase Araújo, O Reino Unido, 233-261.back to text

[21] Macaulay, 107-108. Para el papel de los masones en este contexto, véase Barata, 171-248.back to text

[22] Paulo Henrique Martinez, “O ministério dos Andradas (1822-1823)”, en Jancsó, Brasil, 469-494.back to text

[23] Carvalho, A construção da ordem, 51-70. Sobre José Bonifácio, véase Costa, Da monarquia à república, 63-132. Como ha señalado Renato Lopes Leite (Republicanos), también hubo grupos que rechazaban por completo la permanencia del rey y aspiraban a una república.back to text

[24] Para el papel de los esclavos en la independencia, véanse entre otros João José Reis, “O jogo duro de Dois de Julho: o partido negro na Independência da Bahia”, en Silva y Reis, Negociação e conflito, 79-98; Marcus J. M. de Carvalho, “Os negros armados pelos brancos e suas independências”, en Jancsó, Independência, 881-914.back to text

[25] Neves, “Las elecciones”, en Annino, 407. back to text

[26] Macaulay, 146-147. Sobre la expulsión de Ledo, véase Oliveira, Astúcia liberal, 255-270.back to text

[27] Oliveira, 271-294; Ribeiro, A liberdade em construção, passim.back to text

[28] Andrea Slemian, “Um pacto constitucional para um novo Império: Brasil, 1822-1824”, en Álvarez y Sánchez, Visiones y revisiones, 171-194. La historiografía habla en este contexto de una “fachada liberal”. Oliveira, 47-50.back to text

[29] Dohlnikoff, O pacto imperial, 55-65 y passim. Sobre los disturbios regionales, véanse además, Röhrig-Assunção, Elite Politics, así como los ensayos de Machado (norte), Röhrig-Assunção (Maranhão), Mendonça Bernardes (Pernambuco), Graham (Salvador), Wisiak (Bahía), De Salles Oliveira (Río de Janeiro), Cloclet da Silva (Minas Gerais), Dohlnikoff (São Paulo) y Landgraf Piccolo (Rio Grande do Soul), en Jancsó, Independência, 303-615.back to text

[30] Luiz Geraldo Santos da Silva, “O avesso da independência: Pernambuco (1817-1824), en Malerba, A Independência, 343-384; Barman, 121-123. Carvalho ya se había escapado antes en un barco inglés. En cambio, el hermano carmelita Caneca y 15 dirigentes más fueron ejecutados.back to text

[31] Adelman, 308. Sobre la manera de pensar de José Bonifácio, véase Silva, Construção da nação.back to text

[32] João Paulo G. Pimenta, “O Brasil e a ‘experiência cisplatina’ (1817-1828)”, en Jancsó, Independência, 755-790.back to text

[33] Wilma Peres Costa, “A Independência na historiografía brasileira”, en Jancsó, Independência, 53-118; Jurandir Malerba, “Introdução: esboço crítico da recente historiografia sobre a independência do Brasil (c. 1980-2002)”, en Malerba, A independência, 19-52; João Paulo G. Pimenta, “A independência do Brasil”, en Chust y Serrano, Debates, 143-157.back to text

[34] La tesis de la “separación amistosa” la sostiene Lima, 9. En contra, véase Rodrigues, vol. 5, 213-237.back to text

[35] Maxwell, “Why Was Brazil Different?”, en Maxwell, Naked Tropics, 145-168; Anthony McFarlane, “Independências americanas na era das revoluções, contextos, comparações”, en Malerba, A independência, 387-418.back to text

[36] Andrade, As raízes do separatismo, 63. Sobre las ideas conservadoras en el imperio brasileño, véase también Mücke, 393-424.back to text

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