Los Profesionistas Mayas Yucatecos en Mérida y su Participación en las Celebraciones del Centenario de la Revolución y del Bicentenario de la Independencia

Ricardo López Santillán,

Universidad Nacional Autónoma de México

Resumen

En este artículo se explica la paradójica relación que se ha construido entre los indígenas y el Estado mexicano, tanto a nivel federal como regional, tomando como referencia empírica la participación de los profesionistas mayas residentes en Mérida en los festejos oficiales de las fiestas nacionales del año 2010.

Introducción

En el año 2000, según el XII Censo de Población y Vivienda (INEGI, 2001), Yucatán sumaba 981,064 indígenas. En México no es el estado con mayor población en números absolutos (lo superan Oaxaca, Chiapas y Veracruz), pero tiene la particularidad de ser el único en el que la población indígena supera en proporción a la no indígena. Según cifras censales, un 59.2% del total la población reconocía su adscripción étnica, con la peculiaridad de que a diferencia de los demás estados con población autóctona, en Yucatán existe una gran homogeneidad cultural en el sentido etnolingüístico: la inmensa mayoría son mayas-peninsulares, seguidos muy de lejos por minorías choles, tzeltales y tzotziles, principalmente.

A partir de datos más actuales obtenidos del II Conteo de Población y Vivienda 2005 (INEGI, 2006), es de llamar la atención que la proporción de indígenas del año 2000 al 2005 baja en algunos puntos porcentuales. La población indígena pasó del 59.2% al 51.55%, esto es, de 981,064 habitantes a 937,691 ¿Cómo se explica este fenómeno? Pueden señalarse dos razones fundamentales. La primera tiene que ver con la fuerte migración en búsqueda de empleo que se da hacia las ciudades y zonas turísticas de Cancún, Playa del Carmen y la Riviera Maya, en el estado vecino de Quintana Roo. Es en estos últimos sitios donde se registra el mayor crecimiento demográfico del país y donde la mayor parte de la población migrante que decide probar suerte es yucateca y en especial, de origen maya. De hecho, el flujo migratorio indígena más importante del país es el que se da entre Yucatán y Quintana Roo (Gaultier, 2003). La segunda razón tiene que ver con un encubrimiento de la identidad étnica, ya que para los mayas pobres y con baja escolaridad resulta un estigma ser indígena. Este encubrimiento tiene lugar en menor medida entre los profesionistas mayas, que desde mi percepción, luego de una pesquisa que ha durado algunos años, son más proclives a mostrar y capitalizar su especificidad etnolingüística.

De acuerdo con el mismo II Conteo de población y vivienda 2005, en Yucatán existían 538,355 hablantes de lengua indígena (HLI), lo que equivalía al 33.3% de la población total del estado, 91.2% de los cuales era bilingüe (pues además de hablar una lengua autóctona, hablaba el castellano). Como se sabe, existen en México —y Yucatán no es la excepción— más indígenas que hablantes de lengua vernácula, esto se debe a procesos de desuso de la misma que no necesariamente corresponden a cambios en o negación de la adscripción étnica (Serrano et al., 2002). Según el Conteo de población y vivienda 2005, la Zona Metropolitana de Mérida (ZMMID), que incluye al municipio de la capital, más los de Conkal, Kanasín y Umán, contaba con 238,226 personas que habitaban en 57,278 hogares indígenas. La cifra de HLI llegó a 105,289, de los cuales 97,526 eran mayahablantes (el 12.2% de la población metropolitana total). Aunque la proporción de hablantes de maya sea reducida en comparación con el total de habitantes, en términos absolutos, la ZMMID es el área que concentra el mayor número de hablantes de lengua vernácula.

En lo que respecta al nivel de escolaridad de la población hablante de lengua vernácula en el Conteo 2005, se tiene que en todo el estado existen poco más de 19 mil HLI con educación superior (cerca del 4% del total), sumando a los que cuentan con estudios de normal, carreras técnicas, licenciaturas o posgrados. Para el caso de la ZMMID, los HLI con estudios superiores son el 1.1%; en números absolutos, 8,745 personas. Desgraciadamente en esta fuente sólo se puede obtener el dato de profesionistas HLI pero no inferir el dato para población indígena en su conjunto, sea o no hablante de lengua vernácula.

A partir de este breve contexto general, en el presente artículo me propongo explicar cómo los mayas con estudios superiores y que trabajan como funcionarios en dependencias de gobierno, algunos de ellos en labores avocadas al “rescate y promoción” de la cultura autóctona, vivieron durante el año 2010 los festejos del Centenario de la Revolución y del Bicentenario de la Independencia de México. Mi texto consta de cuatro apartados, en este primero introductorio expongo la situación de los profesionistas mayas en Yucatán, acompañándola de una breve disertación sobre la relación de los indígenas con el Estado y el hecho de que su especificidad etnolingüística es movilizada como recurso simbólico que incide en los ámbitos social y político y que les acarrea recompensas (en reconocimiento, ingresos, etc.). El siguiente apartado, el principal, constituye el corpus de mi planteamiento sobre la participación de los profesionistas mayas en los festejos oficiales (estatales y federales) del Centenario y del Bicentenario y en él se presenta la evidencia que sustenta mi postulado. Le sigue un tercero, de consideraciones finales, donde insisto sobre la paradójica relación de los profesionistas indígenas con el Estado mexicano y la forma sui generis de incluirlos en las fiestas patrias.

Antes de entrar propiamente en materia debo mencionar que según la historiografía oficial, México fue colonia española a partir de 1521. La lucha por la independencia inició en 1810 y culminó en 1821 con el triunfo de un ala conservadora del movimiento, por lo que desde el inicio del México independiente poco se reconoce de manera abierta la participación definitoria que tuvieron los indígenas en la gesta. De hecho, entre los héroes independentistas, los libros de texto de historia enarbolan principalmente a los criollos (hijos de españoles). No extraña, como lo constataremos más adelante en algunos de los relatos recuperados, que los mayas –y en general todos los grupos étnicos- no se hayan identificado con este inicio de México como nación. Es hasta épocas más recientes que algunos académicos revisionistas comienzan a insistir sobre la movilización masiva de indígenas insurgentes como un asunto decisivo en el curso de los acontecimientos.

Por su parte, la Revolución inició en 1910 con la intención de terminar con la dictadura desarrollista de Porfirio Díaz, anciano dictador con más de treinta años en el poder, que si bien modernizó al país con una amplia red ferroviaria, los inicios de la urbanización higienista de las principales ciudades del país, también generó una importante concentración de la riqueza, aumentando la pobreza de grupos importantes de la población. La Revolución fue más claramente una “lucha de clases”, o bien, de facciones con proyectos de nación distintos, en donde los “distintos Méxicos” entraron en pugna. Un grupo importante de agraristas, liderado por Emiliano Zapata, planteaba la eliminación de los latifundios, el reconocimiento de la propiedad comunal de la tierra de labranza, propuestas que tenían importante legitimidad social, principalmente entre agricultores, muchos de los cuales eran y siguen siendo indígenas. De hecho, la Revolución oficialmente concluyó en 1917 con la promulgación de una Constitución de corte progresista que recuperaba varios de los postulados zapatistas, los cuales fueron recuperados y puestos en marcha en el Estado de Yucatán, primero por el mando del militar revolucionario Salvador Alvarado (1915-1917), y más tarde su cercano colaborador Felipe Carrillo Puerto (1922-1924).

Para desarrollar el postulado principal de mi trabajo me basé en una serie de 11 entrevistas semidirigidas hechas a profesionistas mayas, la mayor parte de ellos hombres, pero también algunas mujeres. [1] Los entrevistados, bien estaban involucrados en la organización de eventos para las conmemoraciones, bien corresponden a quienes podrían o deberían ser los “destinatarios” de éstas, ya como protagonistas, ya como público asistente. Todos ellos laboran en dependencias oficiales, pero algunos no necesariamente están relacionados con la promoción-difusión de la especificidad cultural ni con los festejos en lo particular. Estas entrevistas de coyuntura y los postulados que aquí se desarrollan en función de ellas son parte de un proyecto sobre profesionistas mayas residentes en Mérida, ya concluido (López Santillán, 2011). Quiero decir que los informantes siempre se mostraron muy accesibles y entusiastas en participar en las entrevistas y fueron prolijos en sus relatos, al respecto, me permito precisar que decidí omitir sus nombres pues serían fácilmente identificables en el ámbito cultural de la región.

En Yucatán, el principal escenario de los procesos donde se yuxtaponen la movilidad geográfica y la socioeconómica es la ciudad capital: Mérida. Ahí son recurrentes las historias de indígenas mayas oriundos de diversas localidades de la Península que teniendo un pasado rural y pobre, han logrado en la actualidad posiciones de profesionistas de clase media. Son varios los procesos que convergen en esta situación pero para los propósitos de este trabajo es importante resaltar que esta ciudad, durante décadas, fue la única con universidades e institutos tecnológicos en donde los mayas lograban escolarizarse a nivel superior. Por otro lado, desde tiempos remotos ha sido el espacio sede de las principales dependencias gubernamentales (federales, estatales y municipales) en las que se desempeñan laboralmente estos profesionales mayas (López Santillán, 2006). La educación universitaria y ulterior ingreso al trabajo en instituciones del Estado es el telón de fondo que quiero destacar como marco de una relación tensa que se da entre éste y los profesionistas mayas.

La construcción del ideal de Estado Nación en México ha integrado de manera sui generis a los indígenas, socavado su especificidad cultural al “mexicanizarlos” (Gutiérrez Chong, 2001). Por otro lado, amplios sectores de la sociedad, incluidas algunas instituciones oficiales, los fustigan con diversas formas de violencia simbólica por su origen étnico (para el caso yucateco cfr. López Santillán, 2007). Sin embargo, por paradójico que parezca, y luego de que los indígenas concluyen los estudios superiores y se integran a laborar en dependencias públicas, en cierta medida se atenúa esta situación gracias a la posibilidad que tienen de capitalizar su patrimonio cultural, incluido desde luego, de manera más específica, el lingüístico.

Esta consideración es el punto de partida para mostrar cómo algunos mayas yucatecos, en particular aquellos que cuentan con estudios superiores, han podido y sabido movilizar su especificidad etnolingüística como un capital cultural y simbólico (en el sentido que propone Bourdieu, 1979) para legitimarse y así ganar presencia en distintos ámbitos de la vida social, pero al mismo tiempo, esta presencia les sigue siendo escatimada por las propias instancias de Gobierno que los han incorporado a la vida laboral y pública como empleados. Pongo mayor énfasis en la cuestión etnolingüística porque es justamente en el ámbito donde los profesionistas mayas llevan a cabo una de sus principales luchas simbólicas y políticas. En estos campos (en el sentido del propio Bourdieu) destacan, en primera instancia por su bilingüismo, pero además por sus habilidades en la lecto-escritura de su lengua vernácula; algo muy relevante, ya que al ser una lengua que “se aprende de oídas” y no en la escuela, pocos la saben escribir y más aún, al nivel que exige la redacción de obras académicas o literarias. Si bien los profesionistas mayas son promotores de varias formas de especificidad cultural, como algunas celebraciones, tradiciones rituales, formas medicinales y alimentación, así como artesanía, éstas pueden englobarse en el ámbito del folklore y son comunes al resto de los mayas, pero lo que realmente los distingue del resto y por ello mi énfasis en el campo de la lengua, de su “rescate”, transmisión y pervivencia, es que son los muy pocos que generan productos culturales más elaborados. Para decirlo en pocas palabras, es en este ámbito donde se construye la frontera entre los profesionistas mayas y de su capacidad para movilizar su patrimonio etnolingüístico en el medio laboral, del resto de los mayas, de los no escolarizados.

Ya desde 1922 Weber había apuntado que en el sentimiento de pertenencia étnica subyacen el orgullo y un determinado sentido del honor. Clifford Geertz (1963), en una versión actualizada de esa afirmación, señaló que los dos objetivos que persiguen los pueblos indígenas en los estados modernos son, por un lado, ser reconocidos como agentes cuya opinión vale y, por el otro, ser parte de la dinámica del propio Estado, es decir, de las mejoras en los niveles de vida, así como participar del orden social y jurídico, lo que implica, desde luego tener peso político, tanto a nivel local como mundial. La movilización de la etnicidad como recurso apela a que a los indígenas se les reconozca como sujetos en ejercicio de derechos y obligaciones. En este sentido Malešević (2004) considera que la etnicidad no es un asunto exclusivamente de defensa de tradiciones y de especificidades culturales dado que los grupos étnicos en las nuevas relaciones a escala social participan en la lucha por el estatus y el poder en los ámbitos social, político y económico.

En la actualidad la mayoría de los estados nacionales asumen el discurso de corte liberal del multiculturalismo y del reconocimiento de la diversidad, cuyo principal exponente es Will Kimlicka (1996). Sus planteamientos se han convertido en la retórica oficial de las dependencias internacionales y de los estados que se asumen “incluyentes”, pero que en realidad sólo “administran las diferencias”, de ahí que en México estos postulados y sus consecuencias hayan sido duramente criticados (cfr. Díaz Polanco, 2006) dado que las prácticas de discriminación cultural continúan manifestándose de forma sutil e indirecta. En ello han influido los propios estados con sus políticas y los medios de comunicación con sus contenidos (Gutiérrez Chong, 2010). De hecho, se ha expuesto que si el Estado mexicano pretende ser auténticamente más incluyente, debe asumir más bien el discurso y la práctica de la tradición política republicana (Velasco, 2006) o de la interculturalidad (Olivé, 2004)

En el caso de Yucatán, y de Mérida en específico, quiero destacar las luchas simbólicas y políticas que tienen como sus actores principales a los profesionistas indígenas que trabajan en instituciones nacionales o estatales, en particular aquellas que se relacionan directa o indirectamente con menesteres que atañen a la población con origen étnico. [2] Entre éstas se cuentan aquellas de educación superior (la escuela normal, los institutos tecnológicos, las universidades estatales y la UNAM) así como el Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (INALI); El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA), principal pero no exclusivamente a través de la Dirección de Culturas Populares e Indígenas; El Consejo Nacional de Fomento Educativo (CONAFE); La Comisión para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI), incluso el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), el Instituto Nacional de Antropología e Historia así como el Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI) todas estas últimas instancias federales con representación local, sin obviar, desde luego las más protagónica en el estado: el Instituto para el Desarrollo de la Cultural Maya (INDEMAYA). Es en estas dependencias públicas donde se capitaliza principalmente el patrimonio etnolingüístico, aunque es bien cierto que existen también algunos espacios en la iniciativa privada, en especial medios de comunicación como la radio y la televisión yucatecas en las emisiones que se transmiten en idioma maya.

Los sujetos a los que hago alusión en este texto son ejemplo fehaciente del reclamo de reconocimiento y de la lucha por encontrar mayor participación orden social y político. Estos profesionistas indígenas mayas se desempeñan en trabajos que tienen que ver con la elaboración de planes y programas de gobierno, algunos de ellos orientados a que las tenidas por costumbres y tradiciones de este grupo étnico ganen considerable notoriedad en distintos ámbitos de la vida pública local y, en ocasiones, hasta internacional. La gran mayoría de ellos son los promotores de distintos eventos culturales organizados desde instancias oficiales, pero también son funcionarios, cronistas, académicos, activistas que trabajan en el rescate y difusión de su historia y de sus prácticas pasadas y presentes.

Su participación en los festejos del Centenario y del Bicentenario

Como parte de las celebraciones nacionales, en todos los rincones del país se han llevado a cabo concursos, obras de infraestructura, actividades académicas (incluidos varios tipos de publicaciones), creaciones artísticas, obras de patrimonio cultural, actos cívicos, programas de radio y televisión, entre otros eventos. Además de la traducción del Himno Nacional y de la Carta Magna a algunas lenguas indígenas, muy pocas de estas acciones organizadas por el gobierno federal o los gobiernos estatales tienen que ver con la especificidad cultural de las poblaciones originarias de este país. En el caso específico de Yucatán se previó la construcción de ocho grandes obras y la presentación de 800 actividades artísticas. De las primeras destacan sólo dos con perfil étnico: el Museo Maya de Mérida y el Palacio de la Civilización Maya, un museo en Yaxkabá, a 15 kilómetros del sitio arqueológico de Chichén Itzá, el más promovido y visitado en el sureste de México. Empero, estas monumentales y onerosas obras (la primera apenas recién inaugurada a finales del 2012, es decir, con dos años de retraso) si bien hacen alusión a los mayas, lo cierto es que apelan a los “indígenas muertos”, esto es, aluden fundamentalmente al pasado prehispánico y no tratan lo que concierne a la actualidad de los mayas (Sará y Martínez, 2010). Por otro lado, en lo que toca a las actividades artísticas, veamos más a detalle en qué consisten para ver de qué manera abordan lo referente a los mayas.

Aunque desde enero de 2010 se abrió el ciclo de actividades “Yucatán en los centenarios”, fue en el salón de la Historia del Palacio de Gobierno, el 5 de febrero de ese mismo año, que la entonces gobernadora, Ivonne Araceli Ortega Pacheco, teniendo como testigo de honor a Margarita Zavala, esposa del presidente de México, anunció oficialmente los festejos del Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución Mexicana.

En Yucatán, además de los eventos de tipo verbena popular, con el sello personalísimo de la exmandataria local, en los cuales se invitaba a reconocidos artistas nacionales de música vernácula o de “la onda grupera”, entre otros, también ha habido una intensa e interesante propuesta de actividades de diversa índole, entre las que quisiera destacar, para los propósitos de este trabajo, las del Instituto de Cultura de Yucatán, particularmente las de la Dirección de Patrimonio Cultural y de la Subdirección General de Literatura y Promoción Editorial. La primera ha ofrecido una serie de conferencias de corte histórico y/o antropológico, en varias de las cuales, aunque los expositores rara vez son mayas, el grupo etnolingüístico en cuestión o su cultura son los protagonistas. La segunda, por su parte, ha organizado presentaciones de libros en español o en maya de algunos creadores indígenas, además de libros de historia local que hacen alusión a momentos, eventos o circunstancias que de alguna u otra manera refieren a los mayas. De hecho esta dependencia ha puesto en funcionamiento un espacio virtual, la página web “Yucatán literario” en la cual se da difusión a publicaciones recientes, novedades editoriales, convocatorias de premios y talleres, así como antologías de escritores yucatecos, donde se incluye a la mayoría de los escritores en lengua maya. [3] Cierto es que los eventos que aluden a los mayas, excepto en lo tocante a libros y conferencias de corte histórico, poco tienen que ver realmente con la Independencia y la Revolución.

Por otro lado, en el caso específico del INDEMAYA, la dependencia avocadas al rescate y difusión de la cultura autóctona, los eventos organizados, si bien se consideran parte de los festejos del bicentenario y centenario, corresponden a las actividades propias de la institución, que se llevan a cabo de manera habitual, año con año, como lo son la difusión de la lengua maya o la promoción de la artesanía y el folklore. Al igual que los antes mencionados, no se trata de eventos cuya temática o contenido esté realmente relacionada con la Revolución o la Independencia de México. En ambos casos, las dependencias culturales, tanto las no indígenas como las de perfil indígena, contabilizan todas las actividades de ese año como parte de los festejos oficiales.

En el caso del INDEMAYA normalmente se plantea como meta anual organizar y presentar en todo el estado unos 50 o 60 eventos públicos en lengua maya. Como sucede desde que el Instituto existe, el grueso de las actividades y la mayor cobertura geográfica de las mismas se concentra la semana del 21 de febrero, para celebrar el día mundial de la lengua materna auspiciado por la UNESCO. Este año, fueron 25 en total para ese propósito. El tipo de eventos que presenta incluye recitales, canciones, cuentos para niños narrados y musicalizados en lengua maya, con fondo musical y soporte de teatro guiñol; también hay conferencias, a menudo de mayahablantes, y se presentan libros o videos en lengua vernácula. Al respecto este año destacó la presentación de un libro de lingüística de un intelectual maya y en una de las sedes culturales más importante de la ciudad, el teatro Felipe Carrillo Puerto, se proyectó un video documental cuyo propósito era dar a conocer los derechos de los indígenas. Es claro, pues, que el contenido de los eventos de este año no varió con respecto a los anteriores, y por sorprendente que parezca, no se adecuó para vincularlos a los festejos del Centenario de la Revolución y el Bicentenario de la Independencia.

La constatación de lo arriba referido de manera muy somera, me hizo pensar que, excepción hecha de algunos historiadores, arqueólogos, antropólogos y literatos indígenas, los mayas, más que los protagonistas han sido un tema recurrente en la oferta cultural del año, cobijada (o contabilizada) dentro de los mencionados festejos. Buscando confirmar esta apreciación acudí a algunos profesionistas mayas para cuestionarles sobre el cómo y de qué manera participaban en ellos. Les pedí, además, su juicio sobre las celebraciones.

El primer punto que llamó mi atención fue que durante las entrevistas los informantes se expresaron de dos maneras contrastantes. Al principio, se mostraban muy formales, digamos institucionales: pensaban mucho las respuestas, ponderaban lo dicho, en su papel de servidores públicos. En resumidas cuentas, actuaban técnicamente como voceros de sus dependencias y asumían el discurso oficial. Pongo un ejemplo:

No se puede hablar de una buena celebración [del Centenario y del Bicentenario] e integración a [los festejos] si no se acude directamente a ellos [los mayas] a través del lenguaje, informándolos de sus héroes indígenas, empapándolos más de la historia regional, afirmándoles que su cultura no ha muerto y sobre todo fortaleciéndolos como ciudadanos.

En la respuesta sorprende, de entrada que, proviniendo de un maya, éste se refiriera “a ellos” en tercera persona. En todo caso, la norma en los relatos fue que los entrevistados comenzaran en ese tono. Conforme avanzaba la entrevista y al tiempo que se sentían más cómodos con mi interlocución, iban adoptando un discurso propio de los indígenas mayas que están más comprometidos con lo que Weber refiere como orgullo étnico. Al tiempo, perdían con facilidad el objetivo principal de la entrevista (su participación en los festejos del Centenario y Bicentenario) y pasaban a hacer claras alusiones a los distintos agravios de los que consideran han sido objeto históricamente, incluidos, claro está, los pocos espacios que se les otorgaron en la conmemoración de la Independencia y de la Revolución (sobre ello volveré más adelante). Hablar de ello les motivaba a tal grado que a veces costaba trabajo hacerlos regresar al tema central de mi interés.

Los entrevistados que laboran en dependencias de gobierno ajenas a la promoción-difusión de la cultura maya, negaron rotundamente que a los indígenas se les hubiera dado un espacio en el marco de las celebraciones; incluso, hecho relevante, dijeron ignorar que festejos estaban dirigidos propiamente a ellos o en cuáles podrían participar. Una generalidad en la que los todos los entrevistados coincidieron fue “en la poca participación” (refiriéndose a la asistencia a los eventos) de lo que ellos llaman “la comunidad indígena” o “el pueblo maya”, aunque hubo disenso en cuanto a las causas probables. Uno de los funcionarios entrevistados lo atribuyó a la poca cobertura de los medios de comunicación, así como el poco interés por parte de las autoridades federales, estatales y municipales para que los eventos llegasen realmente a los indígenas. Otro funcionario de la misma dependencia insistió sobre el hecho de que la comunidad indígena no ha participado como se esperaba en el programa planeado por el Gobierno porque la mayor parte de los eventos se llevan a cabo en Mérida, y rara vez en alguna otra localidad, ya no se diga que haya cobertura en los 106 municipios del estado.

Volviendo al tema central, los propósitos más radicales con respecto a las conmemoraciones de la Independencia y la Revolución coincidían en que no se puede celebrar algo que no se siente como propio. Hubo incluso quien asentó no haber motivos para celebrar pues “la falta de libertad y la pobreza extrema del pueblo maya es la mejor respuesta para saber por qué no hay ni habrá participación [maya en los festejos]”. De hecho incluso los profesionistas mayas que trabajan en la difusión y promoción de la cultura autóctona, cuando abandonan el discurso oficialista, señalan que las mencionadas celebraciones son ajenas a su cultura pues presentan una cosmovisión diferente: la del México mestizo.

Todo lo que nosotros mismos construimos, bueno, nuestros antepasados construyeron, sembraban, practicaban, los extranjeros lo vinieron a desechar. Derrumbaron muchísimos edificios que para nosotros tenían un verdadero significado. Ahora, no entiendo por qué cuidamos tanto el Paseo de Montejo, el Centro Histórico [de Mérida], que tienen cosas que no son nuestras. Yo en lo personal, en vez de presumirlo, a mí me avergonzaría porque es una muestra de cómo nos obligaron a cambiar nuestra forma de pensar, nuestra forma de vida. No veo que haya sido algo bueno que nos haya traído a nosotros.

Como ya se señaló, los entrevistados pronto salían del tema de las celebraciones y sus formas de participación en éstas. El orden de su discurso tomaba el rumbo de “las deudas históricas” que todavía tienen la Independencia y la Revolución con “el pueblo maya”. A propósito mencionaban la dificultad para acceder a la educación, la escasa incorporación a la vida nacional, el no ser escuchados en sus demandas, la falta de reconocimiento jurídico como grupo, la dificultad de enfrentarse a la justicia en su propio idioma, la igualdad de género —pues las indígenas son, por decirlo de alguna manera, triplemente marginadas: por pobres, por su origen étnico y por ser mujeres—, la falta de servicios a las comunidades pequeñas y la ausencia de mecanismos que garanticen la preservación la lengua autóctona fueron las más destacadas.

Al usar el tema de las celebraciones como plataforma para optar por el de la “la deuda histórica”, los profesionistas mayas hacían alusión a que si antes eran víctimas de la esclavitud, ahora lo son de la exclusión y el racismo (nótese el empleo intercalado de primera y de la tercera persona).

¿Cómo pueden incluir a los mayas en las celebraciones si ni siquiera hay programas políticos dirigidos a ellos? Ningún candidato político o gobierno se preocupa de verdad por nosotros. La cultura maya sólo ha servido para presumirla pero no se trabaja para rescatarla, fortalecerla y difundirla. Eso ha llevado al desgano y desinterés [de los mayas] por aprender sobre la historia del país, la cual presenta grandes huecos. Pocos son los escritos que hablan de idealistas, héroes, familias y población maya en los dos sucesos que se celebran en el 2010. Los libros de historia desde primaria presentan los temas de manera aislada y no vinculados, se salta de las culturas precolombinas a la Colonia sin mayor explicación, como si después de 1521 en México se hubieran acabado todos los indígenas ¿Y nosotros qué somos? ¿Cuáles y quiénes eran las familias indígenas sobresalientes en esas épocas? Poco sabemos. Es una vergüenza que de todas las celebraciones que conforman el programa de los festejos oficiales sólo el que se hizo en Valladolid, representando la primera chispa de la Revolución, sea el único en el que nos sintamos un poco incluidos, sólo ése es el que más recordamos por estar ligado a la Guerra de Castas. Podrá parecer repetitiva nuestra queja de olvido, pero repetitivo es también el actuar del gobierno.

Otro entrevistado señaló.

Hay un panorama españolizado en todo, desde la educación. Sabemos que los indígenas han sido historiados, pero esas lecturas no están incluidas en los libros de texto de la SEP que son los que llegan a la población. Si a eso se le añade la uniformidad por parte de las autoridades al hablar de los grupos étnicos del país, el problema es todavía más grave.

Al constatar que poco se podría hablar sobre los festejos del Centenario y Bicentenario y la participación de los mayas en éstos, optaba por insistir sobre la Revolución y la Independencia, como eventos determinantes en la historia del país (por tratarse del periodo de las celebraciones, no abordé en la entrevista otros hechos de mucho impacto y triste recuerdo a nivel local como la llamada Guerra de Castas). Al inquirir si acaso las gestas nacionales no habían traído nada bueno al pueblo maya, los entrevistados reconocían que la Revolución contribuyó a que hubiese avances en el reparto agrario, en la construcción de carreteras y de escuelas rurales, en capacitar a las personas, enfatizaban que ya no hay esclavitud y existe la posibilidad de votar: “Y nunca como ahora se han visto personajes y líderes políticos que tienen sangre indígena y hacen más por nosotros”. En contraste, ninguna ventaja se le atribuía a la Independencia, insistían sobre el hecho de que la discriminación para ellos no ha desaparecido y aún continúa. A propósito reiteraban que la sociedad de Mérida “es muy clasista” y que los que viven en el Sur no tienen las mismas oportunidades los que habitan en el Norte de la urbe.

Conclusiones

Gutiérrez Chong (2007) señala que, para el caso latinoamericano, han sido los siglos de exclusión y de discriminación de los estados nacionales a los indígenas, los que han provocado que éstos comiencen recientemente a movilizarse como “actores étnicos”. En México la acción del Estado los ha “integrado” de diversas formas, ya sea en la construcción de mitos nacionalistas, ya como funcionarios, en especial de dependencias de gobierno relacionadas con el tratamiento de “la cuestión indígena”, pero siempre de manera marginal, como beneficiarios de cuotas étnicas o de programas de apoyo; nunca como protagonistas en la construcción de la identidad nacional o de su propio destino. Para el Estado de Yucatán en específico, la movilización étnica no ha tomado derivas esencialistas ni autonomistas, muy por el contrario, se ha llevado en un aparente pacto con las instituciones estatales en su arraigada lógica corporativista (Quintal, 2005; Mattiace, 2007), en específico, como se vio aquí, con aquellas dependencias oficiales avocadas a la difusión y promoción de la cultura. Pero por muy pacífica que sea la movilización étnica en este estado y por muy armónico que sea el tal pacto, la relación Estado-mayas no está exenta de tensiones y asimetrías.

De hecho, estamos frente a una paradoja de inclusión-exclusión en la que los actores étnicos en Yucatán, particularmente los que trabajan como funcionarios en órganos de gobierno, se encuentran alineados al campo político y cobijándose de éste, pues desde tiempo atrás se han ligado al poder beneficiándose de puestos destacados, logrando recompensas simbólicas y económicas por su especificidad cultural. Sin embargo, en la lógica de un Estado omnipresente y homogenizante, se les incluye sólo de manera parcial, tangencial, marginal. En los momentos y en lo tocante a decisiones importantes de la vida local y nacional, se les sigue excluyendo en buena medida.

Los profesionistas mayas que trabajan como funcionarios, a mi juicio, si bien en sus relatos se muestran como los agraviados del Estado mexicano, considerando los pocos espacios que les concede incluso para celebrar eventos tan importantes de la historia nacional. También es cierto que contribuyen a reproducir una cierta visión folklorizada de lo maya, más aún cuando se trata de atraer turismo a Yucatán. Ya no se diga a Quintana Roo, a los espacios de sol y playa en Cancún y la Riviera Maya; en ambos estados se sigue evocando a los “mayas antiguos”, a los de las pirámides, a los que son representados en los museos y en los espectáculos de los parques de ecoturismo, ya no se diga en la arquitectura de los grandes hoteles. Pero a los mayas actuales, no a los profesionista, sino a todos los demás, se les sigue empleando en trabajos de muy baja remuneración. Para resumir mi argumento sobre el fenómeno aquí tratado, el gobierno no ha ayudado a diluir o reducir las asimetrías étnicas en el país, sólo ha incorporado a algunos profesionistas indígenas a sus filas para encargarles que como funcionarios públicos, le den tratamiento político de la especificidad cultural, en el marco de esta retórica internacional del multiculturalismo liberal.

Eso permite corroborar que las autoridades políticas, sin importar el partido al que pertenezcan, asumen una actitud de menosprecio a la numerosa población de origen étnico. Una afirmación que me gustaría abonar con un suceso reciente y significativo que apela a la memoria histórica local y sus representaciones en el espacio urbano, pero que no fue considerado dentro de los “festejos oficiales”. Se trata de un asunto que, con sobrada razón, ha causado mucha controversia en Mérida, a saber, la colocación en el año del bicentenario de la Independencia, de la estatua de los Montejo, conquistadores de la región, erigida en el remate de la avenida más distintiva de la ciudad.

En junio de 2010, último mes de la alcaldía meridana saliente (gobernada por la derecha) —y pese a que población maya y no maya se manifestó en desacuerdo— se levantó el monumento, cortesía de grupos empresariales de abolengo en la Península, a “la ciudad y sus habitantes”. A raíz de ello, numerosos intelectuales (mayas y no mayas) señalaron que se trataba de un acto ignominioso, pues se ensalzaba a personajes envueltos en hechos de sometimiento, cuando no exterminio, de la población originaria. La resistencia y las opiniones en contra (y también a favor) fueron muy activas, primero en la prensa y después en medios electrónicos (radio e internet), abarcando a un público cada vez más amplio y diverso. [4]

Pese a la molestia de algunos sectores sociales, la nueva alcaldía (de centro) no la ha removido. El gobierno municipal y el estatal han desestimado las opiniones en contra, mostrándose insensibles a un asunto tan delicado, pese a que buen número de sus funcionarios tienen origen étnico, al igual que la mitad de la población de Yucatán. Esto es un botón de muestra que confirma, si se me permite la insistencia, que siguen existiendo, incluso en la manera en la que se plasma la historia en el espacio urbano, formas sutiles de minorización y violencia simbólica contra los mayas, que emanan del propio Estado. En esta dinámica no es de extrañar la reducida y sui generis participación de los indígenas en los festejos locales del bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución.

Notas:

[1] El presente trabajo se deriva de una ponencia presentada en el Octavo Congreso Internacional de Mayistas que se celebró en el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM durante la segunda semana de agosto del 2010. A diferencia del texto que expuse en aquella ocasión, en éste artículo integro algunas otras consideraciones, entre las que destacan datos de mis colegas panelistas del simposio Exclusión del pueblo maya en los festejos del bicentenario y del centenario.back to text

[2] Si bien, en estricto sentido, todos tenemos origen étnico, mi planteamiento va en relación a que los estados “modernos” están dirigidos por un grupo que se reconoce como nacional, el cual ha creado la idea o el ideal de Nación, así como la llamada “identidad nacional” y ha “minorizado” a los grupos diversos, entre los cuales están los que tienen especificidad etnolingüística (indígenas, pueblos originarios, inmigrantes, etc.), a quienes por su origen, se les restringe el acceso al poder (económico o político) o no se les da el debido reconocimiento sociocultural, contrario a lo que pasa, por ejemplo con la población “mestiza”, la que comparte la lengua y las costumbres “nacionales” (Balibar, 1991).back to text

[3] La dirección es http://yucatanliterario.blogspot.com/ back to text

[4] Lo anterior, con independencia de que la capital estatal sea “el bastión” que concentra el mayor número de mayas y mayahablantes de la Península (Ruz, 2002)back to text

[5] El suceso ya pasó de ser cubierto por la prensa local a la nacional. Un ejemplo de ello, que es a la vez una buena síntesis de la división de opiniones, es el artículo de Luis Castrillón, “Los Montejo, monumento a la ignominia en Mérida” en Milenio Semanal, núm. 672, 12 de septiembre de 2010.back to text

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